Testimonio de Inés Wildau (séptima parte).
Logramos mudarnos de Mariano Acosta a la Capital Federal apenas nació Pablito. No fue sencillo, porque pasamos de vivir en una casa propia a alquilar. Pero valió la pena. Así, volvimos a estar más cerquita de la familia. Con Moisés y Pupi, que ya andaba por los 13 años, nos fuimos a vivir a un PH en la calle Linneo, de La Paternal, una zona bastante tranquila de la Ciudad de Buenos Aires. Mi marido seguía en su antiguo empleo, nuestra hija empezó el colegio secundario y yo era ama de casa.
Las cosas marchaban bien, pero al poco tiempo Susy se enfermó gravemente y luego de mucho luchar, falleció. Fue una época muy triste. Más allá del parentesco que nos unía –cuñadas- nos habíamos hecho grandes amigas. Cuando ella estaba muy delicada, me pidió que yo ayudara a mi hermano Fredo en la crianza de Pablito. Cuando Susy murió, él tenía sólo un año. Con todo el dolor de la pérdida a cuestas, tuvimos que reorganizarnos como familia. Fredo debía seguir trabajando, así que a la mañana, yo iba hasta el departamento donde ellos vivían, le preparaba la leche al bebé y –en el colectivo 63- viajábamos a mi casa. Él lo buscaba después del trabajo, cenábamos todos juntos y se iban. A la mañana siguiente, se repetía la historia. Y más que una tía, fui transformándome un poco en mamá: él era amado como un integrante más del hogar. Nunca pretendí reemplazar a Susy, porque madre, hay una sola, pero lo real es que desde que era muy chiquito, a Pablito lo quise como si hubiera estado en mi panza. Con Fredo, además compartíamos muchas horas los fines de semana y hasta las vacaciones pasábamos juntos. Este modo de vida duró unos cuantos años. Por momentos, las cosas no resultaron fáciles. En cierta forma éramos dos familias en una y las complicaciones que atravesamos no fueron pocas… Supongo que es comprensible, dada la situación tan particular que nos tocó vivir. Pero el amor prevaleció y terminó imponiéndose por sobre cualquier dificultad. Y creo que así será siempre…
De aquella casa de La Paternal, nos mudamos en 1981. En total serían tres las mudanzas, en el transcurso de unos veinte años, aunque siempre dentro de la Capital Federal: primero a Villa Urquiza, después a Coghlan y por último, volvimos a La Paternal. Antes de irnos del PH de Linneo, Moisés cambió de trabajo: dejó su empleo de obrero gráfico y comenzó a manejar un taxi. Unos años más adelante, volvió a cambiar y se compró una camioneta para hacer fletes. Entretanto, los chicos crecían… Pupi trabajaba y estudiaba de noche. Cuando vivíamos en la calle Aizpurúa, de Villa Urquiza, se puso de novia con Jorge. Algunos años después se casaron en el templo de Benei Tikva, en el barrio de Belgrano. Hoy siguen juntos, con dos hijos, Débora y Matías, que ya tienen más de 30 años.
En 1993 Pupi y Jorge –que ya tenían a los dos nenes- se mudaron. No fue cerquita, sino a más de mil kilómetros de distancia. Cansados del estrés y las tensiones que estaban afrontando en Buenos Aires, tomaron la decisión de radicarse en General Roca, una localidad de la provincia de Río Negro. Nos ofrecieron a Moisés y a mí que los acompañáramos. Dudamos muchísimo. Ahora, el problema era que yo debía alejarme de Pablito. Él ya era un hombre, pero es obvio, los sentimientos nada tienen que ver con la edad. En el contexto de esa situación límite, aceptamos irnos a la Patagonia. A pesar de que creí estar haciendo lo correcto, no me fui convencida. Pero el tiempo ayudó a acomodar las cosas. Ya pasaron casi 30 años de todo esto… Hoy, cuando lo recuerdo, me invaden sensaciones difíciles de explicar. Pero a pesar de los momentos duros, sé que todo fue para bien y, fundamentalmente, que la mano de Dios estuvo presente en todo esto, incluso cuando hay cosas que nuestra limitada mente no llega a comprender. Quizás ahora no estemos tan cerca en relación a kilometraje, pero la familia sigue muy unida a través de los lazos del corazón.
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