Columnas

Los poemas de Don Eduardo Villavicencio

Nuestro vecino de la calle Zabala se refiere en esta nueva entrega a los comerciantes callejeros, tan populares en el Buenos Aires de antaño. Consecuencia de su poder de observación, han salido estos versos alusivos a oficios urbanos que tras décadas de vigencia, en su gran mayoría, han dejado de existir, pero que no obstante, perduran en el recuerdos de quien fueron testigos de su paso por las calles de nuestra querida ciudad.

Vendedores callejeros

El tiempo implacable sigue su camino

las horas pasadas ya no volverán

como aquellos seres que quedaron lejos

y dulces pregones no se escuchan más.

 

Ya por la mañana, llegaba el lechero

y el panadero. de la panificación

pasaba en su carro, más luego el frutero;

con paso cansino, el viejo pescador.

 

Se presentaba casi diariamente

el raudo cartero, con tranco veloz

y se iba anunciando, con su dulce flauta

que estaba llegando, el afilador.

 

¡Cuántos personajes, que ofrecían lo suyo!

yendo en bicicleta, el deshollinador

también el pavero, que arreaba en la calle

la tropa de pavos, con todo el candor.

 

Ellos pregonaban distintos bagajes

como el caminante y útil colchonero

e infaltablemente con voz socarrona

se hacía escuchar, siempre el botellero.

 

Tenía su clientela, compradora de años

en su camioncito, don José el hielero

siendo cotidiano, con su gran canasto

gritando su venta, la voz del churrero.

 

Siempre por las tardes, se hacía presente

un hombre querido, por el barrio entero

tiraba en su carro, cargado de fruta

Alfonso era su nombre, de este naranjero.

 

Llegado el verano, dos competidores

recorrían las calles, en mismo sendero

pregoando a voces, sus ricos helados

ansiosos esperábamos, a esos heladeros.

 

Semanalmente hacía su pasada

con sus bultos al hombro, Juan el escobero

y en forma mensual, por todas las casas

hacía la limpieza, el eficaz cloaquero.

 

También en las plazas, fuéronse extinguiendo

con su infaltable ruleta, el gran resquitero

y con su canasto, lleno de lupines

y su tacho ardiente, Pepe el manisero.

 

Sin respetar el tiempo, de tardes lluviosas

rondaba diariamente, el inefable diariero

que en hora temprana, traía la quinta

y la sexta llegaba, con el gran lucero.

 

Personajes idos, que son el recuerdo

de ese lindo tiempo, que no volverá

yo tuve la dicha de haber conocido

a esos pregoneros, que ya no están más.

 

Dibujo: panahistoria.files.wordpress.com

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