Columnas

Bien de familia

RUMBO A LOS ESTADOS UNIDOS

Mi investigación me condujo hacia lugares impensados cuando, años atrás, comencé este apasionante recorrido por los caminos que transitaron nuestros antepasados. Por ejemplo, nunca imaginé que alguna vez podría conocer en detalle la historia de una rama de la familia que había terminado en Estados Unidos, después de cruzar el océano Atlántico. Mucho menos, que pudiera establecer un contacto concreto con uno de sus miembros. Pues bien, esto es precisamente lo que sucedió a mediados de 2026, cuando logré intercambiar correos electrónicos con Ellen Mayer. Pero ¿quién es ella? ¿Cómo llegué a la conclusión de que, efectivamente, éramos familiares?

Es importante destacar la valiosa colaboración de una poderosa herramienta que utilicé con mayor insistencia que durante los primeros años de mi investigación: las páginas de Internet especializadas en árboles genealógicos, sobre todo MyHeritage y Ancestry. Estas plataformas me proporcionaron datos que hasta ese momento desconocía. Hurgando exhaustivamente en ellas, descubrí elementos novedosos y conseguí despejar algunas dudas.

Parte de esos hallazgos surgió al estudiar a Isaak Wildau y su descendencia. Isaak era hermano de Nephtalí, mi tatarabuelo. Ambos eran hijos de Nathan Wildau. Por una cuestión lógica, durante la primera parte de mi investigación había hecho especial hincapié en Nephtalí. Sin embargo, más adelante fui conociendo cada vez más sobre Isaak. Y su historia me atrapó.

Supe que, siendo muy joven, dejó Schmechten, su pueblo natal, para radicarse en Mainz, una ciudad más grande, donde se casó con Eva Boessmann. Tuvieron ocho hijos. Dos de ellos, Mathías y Julie, fallecieron siendo bebés. Rosa también murió muy joven, a los 17 años. Los otros cinco fueron Nathan Albert, Bertha, Jacob, Arthur y Wilhelm. Este último, apodado Willi, se casó con Ida Strauss. En 1917 tuvieron una hija, a la que llamaron Ellen.

Willi falleció en abril de 1938, en Mainz, a los 53 años. En un correo electrónico, su bisnieta Ellen Mayer me explicó que ya estaba muy enfermo cuando su esposa y su hija abandonaron Alemania, por lo que se quedó allí. No he podido confirmar cuál fue la causa de su muerte, pero este testimonio permite descartar, al menos según la información familiar que me transmitió Ellen, que hubiera fallecido en un campo de concentración.

Ida y Ellen, en cambio, lograron emigrar en 1936, antes de que la persecución nazi se agravara todavía más. Viajaron en barco hasta Nueva York junto con Zerline Rosenthal, la madre de Ida. En Estados Unidos pudieron comenzar una nueva etapa de sus vidas. En 1942, Ellen Wildau contrajo matrimonio con el neoyorquino Irving Mayer. Al año siguiente, en 1943, Ida volvió a casarse, esta vez con Samuel Gottlieb.

Ellen e Irving tuvieron dos hijos: Leslie, nacida en 1944, y David Gordon, nacido en 1948. Más adelante, David formó pareja con Carol Borsello. De esa unión nació, en Filadelfia, en 1974, Ellen Mayer, es decir, la persona con la que mantuve la comunicación por correo electrónico. Su abuela era Ellen Wildau, quien falleció a los 57 años, exactamente un mes antes del nacimiento de su nieta, que lleva su mismo nombre.

Con Ellen Mayer somos primos lejanos, pero primos al fin. Toda esta información —y todavía mucha más que, por razones de espacio, no conviene desarrollar en estas líneas— fui recopilándola a partir de documentación disponible en Internet y, fundamentalmente, después de conseguir el contacto de Ellen a través de Ancestry.

Ella, que está casada y tiene dos hijos, había creado su árbol genealógico en esa plataforma. No me resultó difícil entender cómo enviarle un mensaje. Mi alegría fue inmensa cuando, poco después, recibí su amable respuesta. Además, me facilitó un enlace para que pudiera consultar el árbol familiar que había armado.

Gracias a su generosidad, pude agregar a mi listado de parientes una gran cantidad de nombres y apellidos. Al mismo tiempo, le envié a Ellen mi propia lista, que también contenía un buen número de personas que no figuraban en su árbol.

El diálogo se interrumpió después de un breve intercambio de correos electrónicos. Pero, de ningún modo, se ha apagado la ilusión de retomar próximamente la conversación virtual ni la satisfacción de haber descubierto esta sorprendente conexión familiar.

Pablo Wildau