Columnas

Bien de familia

Faltan apenas unas horas para que termine agosto. Agosto de 2026. Al comenzar con esta serie de escritos estábamos en septiembre. Septiembre de… 2020. Cuando han sucedido muchas cosas en un período que da la impresión de haber sido escaso, suele decirse: “¡Corrió tanta agua debajo del puente!”. Y esta es, precisamente, la sensación que tuve antes de sentarme a redactar estas líneas.

Lo primero que viene a mi mente es la pandemia de COVID-19, que hace casi seis años se encontraba en una de sus etapas más duras. En nuestro país, las restricciones comenzaban a flexibilizarse, pero todavía faltaba atravesar una fortísima segunda oleada. Finalmente, lo peor también acabaría, aunque dejando un penoso saldo de más de cien mil muertes. En la actualidad, ya casi no se habla del coronavirus. Las preocupaciones, sin embargo, no han cesado. Nos acechan, por ejemplo, a través del complejo panorama bélico internacional. La escalada del odio se traduce en contiendas armadas en distintos frentes. Incluso hay quienes sostienen que una tercera guerra mundial podría haber comenzado. El virus del COVID cedió, pero la violencia no lo hizo. Por el contrario, parece expandirse como una enfermedad viral tan o más grave que aquella que comenzó a propagarse a fines de 2019.

En la Argentina no hay guerras convencionales. Esto, a la hora de compararnos con lo que se sufre en tantos rincones del planeta, es enormemente valorado. No obstante, un alto grado de violencia interna se instaló por estas tierras. El Gobierno nacional ya no es el mismo de 2020, pero persisten problemas que ya estaban presentes entonces: la corrupción, la desigualdad social, el empobrecimiento, la decadencia moral… En estos aspectos, y más allá de nuestras fronteras, seguramente no tenemos demasiado para envidiar: la Argentina es apenas una muestra de lo que, en mayor o menor medida, ocurre en distintas partes del mundo.

¿Y qué decir de las catástrofes naturales que, agravadas en muchos casos por la acción de la especie humana, vienen sacudiendo con fuerza a un planeta cada vez más castigado? Los grandes adelantos de la ciencia y la tecnología resultan alentadores. Se dice que, gracias a ellos, la vida de las personas podría prolongarse hasta límites inimaginables. Claro que esta sensacional capacidad de la humanidad para crear es, simultáneamente, la que puede contribuir a incrementar los peligros de su propia autodestrucción.

De octubre de 2020 a agosto de 2026 pasaron casi seis años. Muchas cosas son diferentes. Otras no cambiaron nada. ¿Que estas son líneas cargadas de pesimismo? Entiendo que el término “realista” sería más apropiado. Al margen de cuál sea la definición correcta, hay una pregunta que se impone: esta serie de escritos pretende ser una agradable investigación sobre la vida de la familia Wildau a través de dos siglos y ocho generaciones. ¿Por qué salpicarla de golpes bajos? Reconozco que me cuesta hallar la respuesta. Pero, sinceramente, es lo que me sale cuando me siento frente al teclado.

Nathan, el primer Wildau de esta lista, nació en 1798, en Schmechten, por entonces territorio de Prusia y actualmente perteneciente a Alemania. Transcurrió aproximadamente un cuarto de milenio. Las comunicaciones no eran ni por asomo las de hoy y los adelantos tecnológicos no dominaban la escena internacional. Nathan y sus vecinos seguramente jamás habían leído o escuchado hablar de armas nucleares. Sin embargo, elementos terriblemente dañinos como la codicia, el orgullo o la soberbia ya anidaban en el corazón de la gente. Como consecuencia, distintas regiones del mundo se encontraban envueltas en conflictos y guerras. Cuando Nathan falleció, en 1870, el estallido de la Primera Guerra Mundial todavía estaba a más de cuatro décadas de distancia.

Vuelvo al presente. No hay duda de que, a pesar de la oscura realidad, encontré una hermosa motivación que me impulsa a seguir adelante con el objetivo de conocer cada vez más sobre esta atrapante historia familiar. Una cosa no debe anular la otra. Por eso, intentaré que lo que viene no esté revestido del hastío provocado por una situación que la humanidad parece no poder resolver, sino del entusiasmo de ir descubriendo pequeños-grandes detalles de los Wildau y de sus vidas en estas tierras.

Pablo Wildau