Columnas

Bien de familia

La historia de Werner Wildau, entre Alemania y Colonia La Juanita.

Tan cerca y tan lejos… Mientras escribo estas líneas, sigo en Colegiales, Buenos Aires. Pero un hallazgo periodístico hace que mentalmente me vaya alrededor de 90 años atrás y me sitúe a varios miles de kilómetros hacia el noreste de la capital argentina. Es que una historia de amistad, esfuerzo y solidaridad quedó guardada durante décadas en los recuerdos de unos vecinos del pequeño pueblo alemán de Schmechten. Tiene como protagonista a Werner Wildau, integrante de una familia que debió abandonar Alemania en 1938 para escapar de la persecución nazi. La historia fue reconstruida a partir de las memorias de Ewald Nahen, nacido en 1929, quien dejó por escrito sus recuerdos de aquellos años. Su hermano Willi Nahen, el historiador local Rainer Krelaus y Hubertus Nahen, hijo de Ewald, revisaron posteriormente esas anotaciones y siguieron las huellas de la familia Wildau.

Una familia respetada

Según relata la nota de Frank Spiegel, publicada bajo el título “Schmechtener Jungen retten jüdischer Familie Wildau das Leben” (Jóvenes de Schmechten salvan la vida a la familia judía Wildau), los Wildau eran una familia conocida y respetada en Schmechten. Leopold Wildau, su esposa Martha y sus hijos Helmut, Rudolf (Rudi) y Werner mantenían una relación cordial con buena parte de los habitantes del lugar. Según confirma el artículo del periódico, los Wildau tenían una posada y recibían huéspedes. Y Ewald tenía una gran relación con Werner, uno de los hijos de Leopold y Martha.

Una amistad especial

Werner Wildau había nacido el 27 de julio de 1927 y era aproximadamente dos años mayor que Ewald. Desde su nacimiento tenía una discapacidad: un pie algo torcido y una defomidad en la mano derecha. Sin embargo, esa condición no le impedía participar de muchas de las actividades de los demás chicos. Según el recuerdo de Ewald, Werner tenía plena lucidez intelectual. Caminaba con cierta dificultad pero eso aparentemente no le generaba mayores inconvenientes. Podía jugar al fútbol, aunque no trepar a los árboles. Con la mano derecha tenía limitaciones para agarrar determinados objetos, pero escribía sin dificultad con la izquierda. En aquellos años, como para tantos niños, aprender a andar en bicicleta representaba una enorme ilusión. Para Werner, en cambio, parecía casi imposible. Pero sus amigos de Schmechten decidieron que eso no iba a impedirlo: en el altillo de la casa de los Nahen encontraron una bicicleta vieja que ya no tenía cubiertas. Los chicos buscaron también un trozo de soga utilizada para levantar fardos de heno y gavillas en la casa de un agricultor. Cortaron un tramo de la medida necesaria, lo colocaron sobre las llantas y lo sujetaron con firmeza. Así consiguieron preparar una bicicleta que Werner pudiera utilizar.

Aprendizaje y paciencia

Los primeros intentos fueron difíciles. Dos de los chicos tenían que sostener la bicicleta mientras Werner se subía. Incluso una acción que para los demás resultaba sencilla, como pasar una pierna por debajo del caño central, representaba para él un esfuerzo considerable. Pero los chicos no abandonaron. Durante días practicaron juntos. Lo sostenían, lo empujaban y trataban de ayudarlo a encontrar el equilibrio. Poco a poco, Werner empezó a mantenerse sobre la bicicleta durante períodos cada vez más largos.

Hasta que llegó el momento de soltar las manos. Ewald recordaba que cada día conseguían avanzar unos metros más. Finalmente, los chicos estuvieron convencidos de que Werner podía andar por sus propios medios.

El día esperado llegó. Los vecinos estaban sentados frente a sus casas, mientras el padre de Werner (Leopold) permanecía en la puerta abierta de la posada. De repente, Werner apareció en su campo visual. “¡Papá, papá!”, gritó. Ewald corría detrás de él, a cierta distancia. La emoción fue demasiado grande. Werner perdió el equilibrio y terminó cayendo al suelo. Su padre corrió a levantarlo. En aquel momento nadie podía imaginar que aquella escena infantil tendría una importancia mucho mayor.

Pedaleando hacia el futuro

La familia Wildau debía emigrar de Alemania. En 1938, ante la creciente persecución contra los judíos durante el régimen nazi, Martha y Leopold tomaron la decisión de irse con sus hijos. Por su parte, Oskar Wildau –su hermano-, su esposa y sus tres hijos se habían anticipado: ellos lograron salir de Alemania y establecerse en la Colonia Avigdor, de Entre Ríos. La familia de Leopold también consiguió partir desde Hamburgo rumbo a la Argentina.

Pero la salida no estuvo asegurada hasta el último momento. Según explica el periódico, uno de los requisitos que debían cumplir quienes pretendían ingresar a la Argentina era presentar un certificado de salud. La familia tenía claro que debía emigrar completa: si uno de sus integrantes no podía hacerlo, ninguno se iría. El examen médico de los Wildau resultó satisfactorio para todos, excepto para Werner. Su discapacidad podía convertirse en un obstáculo para obtener el certificado necesario. Fue entonces cuando el padre de Werner defendió ante los médicos las capacidades de su hijo. Explicó que, pese a sus limitaciones físicas, podía realizar distintas tareas: escribir, hacer trabajos manuales y, sobre todo, andar en bicicleta. El médico no parecía dispuesto a aceptar aquella explicación.

La prueba decisiva en Höxter

Entonces consiguieron una bicicleta y Werner tuvo que demostrar lo que era capaz de hacer. La prueba se realizó en los pasillos del Departamento de Salud de Höxter. Allí, frente a los médicos, el chico comenzó a desplazarse en bicicleta. La habilidad que había adquirido gracias a sus amigos de Schmechten durante aquellas tardes de juegos y entrenamiento se convirtió, inesperadamente, en una demostración de sus capacidades físicas. Werner superó la prueba. Y consiguió el certificado de salud que necesitaba para poder emigrar.

De ese modo, aquella bicicleta improvisada con una vieja rueda y una soga para fardos terminó teniendo un papel decisivo en la historia de los Wildau. Lo que había comenzado como un desafío entre amigos terminó convirtiéndose en una pieza fundamental para que Werner pudiera emigrar junto con sus padres y hermanos. En 1938, la familia partió desde Hamburgo rumbo a la Argentina.

De Schmechten a Santa Fe

Werner tenía entonces apenas 11 años. Ya en la Argentina, se radicaron inicialmente en Colonia La Juanita, en la provincia de Santa Fe. Luego, Werner vivió en la capital provincial, junto con parte de su familia. La distancia entre aquel niño que recorría las calles de Schmechten en una bicicleta adaptada y el hombre que finalmente construyó su vida en la Argentina fue enorme. Pero la historia que había quedado en la memoria de Ewald Nahen no terminó con la partida de los Wildau.

Pasaron décadas. Cincuenta y siete años después de aquellos acontecimientos, el pasado volvió a encontrarse con el presente. En un hotel de Blomberg, los hermanos Willi y Ewald Nahen volvieron a encontrarse con Werner Wildau. Para entonces habían pasado 57 años desde aquellos días de la infancia en Schmechten. Werner no había olvidado a los muchachos que lo habían ayudado a andar en bicicleta ni la importancia que aquella ayuda había tenido en su vida.

Durante aquel reencuentro, llamó a los hombres de Schmechten sus “salvadores de toda la vida”. Porque aquellos chicos que alguna vez habían sostenido una bicicleta para que Werner pudiera mantener el equilibrio habían terminado ayudándolo, sin saberlo, a superar una prueba decisiva más adelante. Werner Wildau murió en 1997, a sus 70 años, en Santa Fe, dos años después de aquel reencuentro con los amigos de su infancia.

Su historia, recuperada décadas más tarde a partir de los apuntes de Ewald Nahen y publicada en el mencionado medio periodístico alemán, muestra cómo un gesto de amistad puede adquirir un significado extraordinario cuando se lo observa desde la perspectiva del tiempo. Para Werner, aprender a andar en bicicleta no fue solamente una conquista personal. En un momento crítico, aquella habilidad permitió demostrar que su discapacidad no le impedía desenvolverse por sus propios medios y contribuyó a que pudiera obtener el certificado que necesitaba para viajar a la Argentina.

La bicicleta que sus amigos improvisaron en Schmechten terminó siendo, sin que ninguno de ellos pudiera imaginarlo, más que un juguete, una herramienta de libertad.

Pablo Wildau

Aclaración: Werner era primo hermano de mi abuelo, Herbert Wildau.

Foto: la nota del periódico alemán Westfalen-Blatt, publicada aproximadamente en 2015 (en la foto no se enuentra Werner). Agradecimiento especial a Martin Koch, del Brakel-Archiv, quien gentilmente hizo llegar este recorte y viene colaborando con la investigación sobre la familia Wildau en Schmechten, aportando fuentes, referencias y valiosas pistas para reconstruir esta historia familiar.