En 1938, Nathan Oskar Wildau, su esposa Mathilde Shonau y sus tres hijos se radicaron en Colonia Avigdor, Entre Ríos. Pero mientras ellos lograban abandonar la Alemania nazi para comenzar una nueva vida en la Argentina, otra rama de la familia aún permanecía atrapada en un país que se encaminaba hacia uno de los períodos más negros de la historia.
El protagonista de esta segunda parte de la historia de los Wildau es Leopold, nacido el 28 de mayo de 1883. Junto a su esposa Martha Simon y sus tres hijos —Helmuth, Rudi y Werner— vivía en el pequeño pueblo de Schmechten, cerca de Brakel, en la región de Westfalia. A diferencia de lo ocurrido en muchas ciudades alemanas, donde las familias judías fueron rápidamente aisladas, los Wildau gozaban del respeto y del afecto de buena parte de la comunidad. Administraban una taberna y un hospedaje, y mantenían una relación cercana con vecinos, maestros, médicos e incluso con el pastor del pueblo. Así lo indicó un artículo escrito por Frank Spiegel en westfalen-blatt.de, un medio de noticias de la zona de Brakel. El periodista reconstruyó la historia tras haber hablado con la familia Nahen, ya que en 1938, Ewald Nahen había ayudado a los Wildau a partir de Alemania en condiciones terriblemente adversas.
Embarque contrarreloj
Finalmente se tomó la decisión más difícil: abandonar Alemania. El destino sería la Argentina, el mismo país que meses antes había recibido a Nathan Oskar, el hermano mayor. El plan consistía en trasladarse hasta Hamburgo para embarcar en el buque Monte Rosa con destino a Buenos Aires.
Pero no fue sencilla la partida. Todo lo contrario, porque Werner, el más chico de los tres hijos del matrimonio, había nacido con una discapacidad: tenía un pie algo torcido y una deformidad en una de sus manos. Esto no le permitiría viajar, ya que para ingresar a la Argentina, debía tener el apto físico firmado en Alemania.
Sin embargo, a Werner esto que le ocurría no le impedía participar de muchas actividades. Y sus amigos, solían ayudarlo con frecuencia. Por ejemplo, le enseñaron a andar en bicicleta cuando por su condición física eso parecía imposible. En resumen y como ya se mencionó, uno de los requisitos para ingresar al país era presentar un certificado de salud. Todos los integrantes de la familia habían aprobado el examen médico, salvo el más pequeño de la familia. Su discapacidad podía impedirle obtener el documento. Leopold, su padre, explicó que pese a sus limitaciones físicas, su hijo podía escribir, realizar trabajos manuales y, especialmente, andar en bicicleta.
Para demostrarlo, Werner debió realizar una prueba en los pasillos del Departamento de Salud de Höxter. Allí comenzó a desplazarse en bicicleta frente a los médicos. Aquella habilidad que había aprendido junto a sus amigos de Schmechten terminó convirtiéndose en la prueba de sus capacidades.
Werner superó el examen y obtuvo el certificado necesario. Así, aquella bicicleta improvisada con una vieja rueda y una soga para fardos de heno, nacida de un juego entre chicos, terminó siendo decisiva para que pudiera abandonar Alemania junto con sus padres y hermanos. En 1938, los Wildau partieron desde Hamburgo hacia la Argentina.
En septiembre el barco arribó finalmente a Buenos Aires. Ocho meses antes, en enero, Nathan Oskar había llegado a la Argentina a bordo del General Artigas junto a su esposa Mathilde y sus tres hijos, instalándose en Colonia Avigdor, en Entre Ríos. Ahora los hermanos volvían a encontrarse en el mismo país, después de haber escapado por caminos diferentes de una tragedia que ya comenzaba a envolver a Europa.
Colonia La Juanita
Tras su llegada, Leopold, Martha y sus hijos se establecieron en la colonia agrícola La Juanita, en la provincia de Santa Fe, una de las tantas colonias impulsadas por la Jewish Colonization Association. Allí comenzaron nuevamente desde cero. Cuando arribaron, Leopold tenía 55 años; Martha, 42; Helmuth, 17; Rudi, 16; y Werner apenas 11 años. Este último convivía desde su nacimiento con una discapacidad física, circunstancia que hacía aún más difícil la huida que habían protagonizado.
Más adelante, Helmuth se casó con Ilse Koenigheim y tuvieron dos hijas: Susana, nacida en Rafaela en 1946, y Noemí, nacida en Las Palmeras en 1954. Rudi, por su parte, contrajo matrimonio con Lotte Schaul. De esa unión nacieron Doris, en Las Palmeras en 1951; Leopoldo, también en Las Palmeras, en 1953; y Carlos, más conocido como «Ito», nacido en Moisés Ville en 1956. Werner, en tanto, permaneció soltero.
La antigua colonia La Juanita prácticamente ha desaparecido. Hoy quedan los campos, muchos de ellos ya en manos de otros propietarios, y apenas algunos rastros de aquel asentamiento donde tantas familias comenzaron una nueva existencia después del exilio.
Argentina y más allá…
La descendencia siguió creciendo. Susana y Noemí continúan viviendo en la ciudad de Santa Fe. Doris emigró a Israel, donde reside en la actualidad. Su hermano «Ito» también se radicó en Israel. Leopoldo, fijó su residencia en Concordia, Entre Ríos. Ellos cinco –los nietos de Leopold y Martha- formaron sus propias familias. Entre todos tuvieron diecisiete hijos (o sea, los bisnietos de los pioneros): cuatro de Susana, una de Noemí, dos de Doris, siete de Leopoldo y tres de Ito. Después llegaron los tataranietos y, recientemente, incluso nacieron los primeros choznos de Leopold y Martha, al convertirse Leopoldo en bisabuelo, y Susana en bisabuela.
La historia completa
La historia, sin embargo, nunca puede contarse completa sin recordar a quienes no lograron escapar. Leopold y Nathan Oskar sobrevivieron y dejaron una extensa descendencia. Pero cuatro de sus hermanos —Albert, Hugo, Karoline y Rudolph— fueron asesinados durante la Shoá. Además hubo otros dos hermanos: Salomon Wildau falleció antes de que Hitler llegara al poder; y David murió siendo apenas un bebé de dos meses.
La tragedia también alcanzó a la siguiente generación. Varios hijos de Salomon perecieron durante el Holocausto. Solo una de ellos, Irmgard Wildau, consiguió escapar. Se casó con Bernhard Loewenstein y ambos se establecieron en Sudáfrica, donde nació su hijo Peter. Hoy Peter vive en Nottingham, Inglaterra, junto a su esposa Stella Nickolay. Gracias a su encomiable trabajo, fue posible reconstruir gran parte del árbol genealógico de los Wildau. Al observarlo aparecen historias paralelas. Una está marcada por gente que fue alcanzada de lleno por el odio nazi. La otra floreció gracias a un puñado de personas comunes que, en un pequeño pueblo alemán, eligieron ayudar a sus vecinos cuando hacerlo podía costarles muy caro. Quizá ese sea el legado más profundo de esta rama de la familia: incluso en medio de la oscuridad absoluta, el amor al prójimo de unos pocos puede cambiar el destino de generaciones enteras.
Pablo Wildau