Columnas

Bien de familia

El pueblo de mi padre, aquel al que llegaron mis abuelos y bisabuelos desde su Alemania natal…

Julio de 2021. La investigación avanza. Pero ¿cómo estará la Colonia Avigdor de este nuevo siglo? Con la idea de desentrañar esta incógnita desde la perspectiva de uno de sus actuales pobladores, ¿qué mejor que hablar con alguien que viva allí?

Mi inquietud me llevó a contactarme con Carmen Rosenblatt, una orgullosa avigdoriana que seguía viviendo en el pueblo donde había nacido, apenas unos años después que mi padre. La amabilidad de Carmen se manifestó sin reservas a través de Facebook. Me dijo que necesitaba unos días para responder las preguntas que le había enviado por esa vía. Cuando finalmente lo hizo, no imaginé que recibiría su respuesta tan rápidamente. En el transcurso de esa misma semana, y gracias a esta tecnología que resulta tan útil cuando se la emplea correctamente, las respuestas estuvieron en mi poder.

Había, sin embargo, un elemento que no había calculado: el entusiasmo de Carmen la llevó a explayarse largamente sobre mis interrogantes. Incluso, me honró al confiarme intimidades de su familia que no tenía por qué revelar. Decidí dejar esos detalles al margen de estos escritos y conservarlos como comentarios de carácter estrictamente personal.

Ante la abundante información recibida, debí seleccionar el material y trabajar cuidadosamente en cada párrafo. El resultado es un resumen que tampoco cabe en un solo capítulo, sino que abarca más de una entrega. A continuación, la primera de ellas:

«Las familias descendientes de alemanes que todavía viven en Colonia Avigdor son apenas diez. Hay otro tanto, más o menos, de familias descendientes de hijos de colonos de las otras colonias, con ascendencia rusa o polaca».

«Nosotros seguimos manteniendo las instituciones judías, dentro de nuestras posibilidades, junto con algunas familias de pueblos o pequeñas ciudades aledañas que se asociaron a nuestra comunidad».

«Con relación a la época de la fundación de Avigdor, diría que hoy estamos ante una realidad completamente distinta, en varios sentidos… Primero, lógicamente, la población es diferente: de haber sido extranjeros y judíos el noventa por ciento de sus habitantes, se pasó a un porcentaje del uno o dos por ciento. Por supuesto, ya se trata de sus descendientes».

«Entre los habitantes actuales hay de todo: colonos de otros orígenes y religiones, docentes, empleados públicos y mucha gente que llegó desde otros pueblos después de quedarse sin trabajo. En Santa Elena, a unos ochenta kilómetros de acá, había un frigorífico muy grande que, según estimo, cerró hace unos treinta años. Muchos de sus exempleados llegaron entonces para establecerse aquí y trabajar como peones de campo, entre otras actividades».

«Hoy por hoy, calculo que la mitad de la población vive de planes sociales y asignaciones familiares. No hay pobres: todos cobran y pueden vivir bastante bien. Se ve gente bien vestida, motos, autos —algo viejos— y los mejores celulares. En todas las casas, aunque algunas sí son precarias, hay antenas de DirecTV, que es la única forma de acceder a la televisión en la zona».

«En la escuela primaria se les da comida a los alumnos y el Gobierno, generalmente el provincial, ha construido muchas viviendas para estos habitantes».

«A través de Fundación Judaica, hace unos años llegaron integrantes de la Fundación Techo, con la presencia de Julián Weich, e instalaron alrededor de treinta habitaciones de madera».

«La otra parte de los habitantes, los que pagamos los impuestos, somos mayormente ganaderos y agricultores. Nos dedicamos a sembrar, arrendando campos en la zona. También hay algunos comerciantes y empleados públicos. El pueblo es muy chico: tiene alrededor de quinientos habitantes y otro tanto en la zona rural…».

«Hay cuatro templos o iglesias: la Iglesia Católica, la Evangélica Congregacional, las iglesias evangélicas pentecostales y nuestra sinagoga. Existe muy buena convivencia entre todas las religiones, etnias y orígenes…».

«A diferencia de sus inicios, ahora tenemos representación gubernamental, llamada Comuna. No llega a ser una municipalidad, debido a la escasa población, pero cumple más o menos esas funciones. Antes, por ejemplo, había un médico permanente, cuyo sueldo era costeado por los socios de una institución creada para tal fin. Hoy contamos con la atención de algunos profesionales que vienen varias veces por semana y con un enfermero o una enfermera de manera permanente. Todo está financiado por el Gobierno, que también ayuda a trasladar a los enfermos y brinda asistencia para cubrir otras necesidades básicas».

«Dependemos mucho de la vecina localidad de Bovril o de la cabecera departamental, La Paz, porque acá no hay bancos. Tampoco tenemos escuelas secundarias. Los chicos concurren a una escuela agrotécnica con internado, situada a unos veinte kilómetros, o a una secundaria común que queda más o menos a la misma distancia. En este último caso, un transporte a cargo del Gobierno provincial se ocupa de llevarlos y traerlos».

Foto: una imagen actual. Se encuentra en un documento histórico, escrito por Carmen Rosenblatt, cuyo título es para el “Seminario Rabínico Latinoamericano, a 80 años de la “Kristallnacht” (la noche de los Cristales, en el idioma alemán).

Pablo Wildau

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