Gente de Cole

Anecdotario colegialense

Son cerca de las cuatro de la tarde. Enrique se levantó de su siesta, un compromiso ineludible con su merecido descanso. Por cierto, un descanso más emparentado con el reposo que amerita una vida de duro trabajo. El día a día, lo encuentra gozando de su retiro y de esas siestas tan necesarias para encarar renovado la segunda parte de la jornada. A pesar del cansancio, su mujer Ruth, para distenderse luego de haber cocinado y lavado los platos, elige otra rutina fuertemente arraigada para sus tardes: la exhaustiva lectura del diario Clarín, que cada día el canillita de la otra cuadra, deja delante de la puerta del departamento del primer piso. Los sábados también se suma el Tageblatt, el medio gráfico que el matrimonio lee con avidez, al igual que tantos alemanes residentes en la Argentina. Dentro de este hogar de inmigrantes, el idioma alemán original y el castellano, que en una mayor medida hablan sus descendientes nacidos en el país, conviven armoniosamente y en proporciones similares, entremezclándose por momentos aunque sin que esto sea motivo de incomprensión verbal entre los miembros de la familia.

Pero claro, durante jornadas como la de hoy, la presencia de los dos revoltosos nietitos, no siempre compatibiliza con esa costumbre de mantenerse bien informada que a la abuela tanto le agrada.

Enrique, recién levantado y listo para encarar la sección vespertina del día, prende un armatoste rectangular -la radio AM del hogar-, poniendo así en marcha otro ritual ineludible de los fines de semana. El aparato es eléctrico y tiene dos rueditas. Una para encenderlo, apagarlo y regular el volumen; la otra, para sintonizar la emisora deseada. Cuando la rueda del volumen gira, genera un penetrante ruido a fritura. La aguja del dial está clavada en Rivadavia, la radio que al fútbol le brinda un espacio privilegiado. Enrique lo disfruta apasionadamente. Los domingos escucha las largas transmisiones comandadas por José María Muñoz y a través de ellas, se entera de lo que acontece con su querido Boca Júniors. Los sábados, como hoy, los relatos principales están a cargo de Jorge Bullrich. Futbolero como es, el abuelo tampoco se priva de las alternativas del Ascenso, mientras los nietos toman la leche que les prepara Ruth tras su lectura de los periódicos.

Rato más tarde, ella y los primos irán a hacer compras. Los destinos escogidos podrían ser el supermercado Mach, de Federico Lacroze entre Conde y Freire, o el Supercoop, de Teodoro García y Cabildo. Para llegar hasta allí, será obligatorio cruzar la barrera de Lacroze, conectando con el pintoresco paisaje ferroviario próximo a la estación. Si la compra no es grande, no sería extraño que la abuela recalara en el almacén El Bizcochito Travieso, situado a poco pasos de casa, en Zapiola y Palpa.

El atardecer encontrará a los abuelos y a los dos primitos nuevamente en el hogar, a la espera de que sus respectivos papás, pasen a buscarlos. Ahora, la televisión toma el rol protagónico. La enorme caja ubicada en el living-comedor emite su programación en riguroso blanco y negro. Iñaqui y Ramiro continuarán con sus juegos habituales, hasta que el timbre indique que Alfredo y Andrés han venido a buscarlos. Será momento de despedirse. El bochinche se apagará por una semana y el silencio se reinstalará en la casa de Colegiales. Durante ese lapso, los abuelos recuperarán energías y, provistos del incalculable amor que tienen para brindar, esperarán la llegada del próximo sábado.

Foto: el almacén El Bizcochito Travieso, de Palpa y Zapiola (mapa.buenosaires.gob.ar).

(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.

 

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