Historias cortas y con aroma a barrio.
DESESPERACIÓN EN LACROZE Y THOMAS.
Federico Lacroze y Álvarez Thomas. Son cerca de las 8 de la noche. Eduardo espera la llegada del 42, que lo llevará hacia su vivienda de Villa Crespo. Junto a él, acompañándolo, está su primo Carlos, quien cuando el colectivo parta, regresará a su casa de Colegiales, distante a unas pocas cuadras de la parada del colectivo. Minutos antes, los primos estuvieron compartiendo un café en la misma esquina, aunque en un local de comidas rápidas ubicado frente al lugar en el cual se hallan en este momento. Allí, mientras consumían su refrigerio, charlaron sobre cuestiones familiares actuales y recordaron viejos tiempos. Fue una reunión corta pero muy agradable. Hacía rato que se debían un encuentro de este tipo. Y ambos estuvieron de acuerdo en repetirlo.
Ahí viene el 42. El chofer arrima el vehículo al cordón y Eduardo sube. Carlos empieza a caminar por Lacroze. Pero apenas da unos pasos, se da cuenta de que no tiene su riñonera. Dinero, documento, tarjetas… ¡Todo estaba adentro de ella! Sobresaltado, casi corriendo, cruza la avenida y vuelve a ingresar en el negocio donde estuvo hace unos 10 minutos. Lo primero que hace es ir al mostrador de la cafetería. En tono de desesperación, le pregunta al muchacho que los había atendido a él y a su primo, si por casualidad no le entregaron una riñonera olvidada en una silla. La respuesta es negativa. En forma simultánea a la sensación desoladora que está experimentando, Carlos gira la cabeza hacia el sitio en el cual estuvo con Eduardo y hace contacto visual. ¡Sí! Allí, colgado del respaldo de la silla, que seguía desocupada, está el elemento extraviado. Aliviado, va a buscarlo. Mientras recobra la calma, Carlos intenta recapitular. ¿Cómo pudo haberse olvidado? Llega a la conclusión de que al ponerse la campera, desenganchó la riñonera y “momentáneamente” la dejó en la silla con la intención de colgársela nuevamente del cuello, ya con la campera puesta. El segundo paso, no obstante, quedó pendiente.
El empleado del local se asombra porque, habiendo pasado tantos minutos, nadie se llevó la riñonera. Tanto o más sorprendido todavía, Carlos agradece y se va, feliz, porque su error pudo haberle costado muy caro, pero terminó saliéndole muy barato.
POLLO AL PISO.
El anochecer se instala sobre Colegiales. Gonzalo cruza la calle Palpa. Ahora también va a cruzar Freire. Acaba de hacer las compras en La Tierna Tierna, la carnicería del barrio. Un kilo de picada, dos de nalga y un par de supremas de pollo. Es eso lo que lleva en su bolsa. Gonzalo se fija que no vengan vehículos. No, no viene nadie… Y empieza a atravesar Freire. Va ensimismado en sus pensamientos, seguramente, concentrado en los asuntos de un día que ya se termina e imaginando lo que sucederá mañana. Sus pasos son extraños: camina con las suelas de su calzado muy pegadas al piso, como negándose a levantar los pies innecesariamente. De pronto, una de sus zapatillas hace un contacto no calculado con el pavimento. El vecino trastabilla y comienza a caer en medio de la calle. En milésimas de segundo, hace esfuerzos denodados por detener su caída. Pero ya es tarde. Enseguida, está tirado en el asfalto de Freire, a pocos metros de las paradas de los colectivos 151, 184 y 168.
Se levanta de inmediato. Un hombre que se acercaba caminando por Freire, observando la ridícula escena, le pregunta: “¿Estás bien?”. La respuesta es un automático “sí, gracias”. Menos mal que no había nadie más mirando, pero sobre todo, menos mal que no venían coches ni colectivos, piensa Gonzalo.
Las consecuencias físicas del tropezón, son apenas unos raspones en las manos, instintivamente apoyadas en el piso para amortiguar la caída. Sin embargo, hay algo más. Una insólita situación derivada del accidente: en el piso, quedó desparramada una de las supremas. No se cayó por la abertura principal sino que atravesó un pequeño agujero en la parte de abajo de la bolsa, que se hizo producto del impacto. ¡Por ese huequito se deslizó! Gonzalo la toma y la arroja en el primer tacho de basura que encuentra, lamentando la pérdida de dinero que esto significa y, por supuesto, el golpe que tranquilamente hubiera podido evitar.
(*) Las historias son verdades. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.
Foto: Lacroze y Álvarez Thomas, según Google Maps.
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