Columnas

Bien de familia

Testimonio de Alfredo Wildau (primera parte).

Hasta mi adolescencia, mis padres, mis dos hermanos y yo, vivíamos en un pueblo de Entre Ríos, Colonia Avigdor, una colonia agrícola conformada en su mayoría por judíos-alemanes que habían escapado del nazismo. Llegó un momento en que, como tanta gente que creía que en los pueblos del Interior no había futuro, nos  trasladamos a Buenos Aires, aunque no todos juntos, sino por etapas.

Mis estudios no quise continuarlos. En ese entonces, a la educación secundaria no se le daba la importancia de ahora. Muchos chicos directamente empezaban a trabajar al salir de la primaria. En mi caso, preferí inscribirme en un taller de joyería, para tener un oficio. El taller estaba a cargo de los hermanos Heinrich. Quedaba en la calle Cochabamba, barrio de Constitución. El viaje era largo. Me tomaba el tren y después el subte. Al poco tiempo logré alquilar un local en la calle Libertad y así tuve mi primer negocio: una joyería. Creo que todavía no había cumplido los 18 años, lo que suena raro. Con los controles burocráticos de hoy en día no hubiera podido hacerlo, pero antes todo era distinto, no existían tantas trabas.

El servicio militar tenía carácter obligatorio en la Argentina en ese tiempo. Debía hacerse a los 20 años. Mi destino fue la localidad de Olavarría, en la provincia de Buenos Aires. Muchos lo veían como algo inútil, una pérdida de tiempo en el mejor de los casos, porque en ocasiones podía provocar un daño grave, sobre todo psicológico. A mí tal vez me afectó a nivel laboral, donde mi vi obligado a interrumpir mis ocupaciones. Según mi familia, ese período lejos de casa me ayudó a crecer, a valorar ciertas cosas a las que antes no les daba importancia por tenerlas tan a mano. Por ejemplo, un plato de comida caliente, que en la ‘colimba’ no era tan sencillo de obtener.

Luego de cumplir con el servicio militar comencé a trabajar en la casa central de El Emporio de la Loza, una antigua cadena de bazares. Papá, que en ese lugar era jefe de control de stock, me consiguió un puesto de cadete, también en Constitución… Él había dejado la concesión del buffet de NCI. Ya no vivíamos en Olivos, sino en un departamento de Nuñez, en Besares y 3 de Febrero, que pudimos comprar gracias a la indemnización que Alemania comenzó a pagarles a los ciudadanos damnificados por la Segunda Guerra Mundial.

En El Emporio de la Loza progresé y me ascendieron a gerente de la sucursal de Cabildo y Echeverría, en Belgrano. Pero eso no duró mucho, porque surgió la posibilidad de poner una relojería con Juan en Olivos. Durante un tiempito hicimos ese trabajo con mi hermano, pero otra vez hubo cambios cuando apareció una muy buena oportunidad familiar: una casa con local adelante, en la localidad de Martínez, muy cerca de Olivos. Fue así que nos mudamos todos a esa vivienda. Yo instalé un polirrubro -kiosco, librería y juguetería- y Juan siguió con la relojería.

Nos iba bastante bien, aunque por aquella época, a mis 22 años, también sufrimos un golpe muy duro: el fallecimiento de papá, que había tenido dos infartos.

Yo ya estaba de novio con Susana Rosen, Susy. La conocí en NCI, la comunidad judía de la calle Crámer, en Belgrano. Era tres años menor que yo. Empezamos a noviar en una excursión que hicimos con un grupo de la comunidad a una quinta en Bella Vista.  Unos años más tarde, en enero de 1969, nos casamos.

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