Historias cortas y con aroma a barrio.
INCOMUNICADO
Ramiro terminó de correr. Dio algunas vueltas a la Plaza Mafalda, como suele hacerlo dos o tres veces por semana. Con el mediodía instalado sobre Colegiales, habiendo trotado una media hora, lleva adelante su rutina física sobre el césped de este tradicional espacio verde del barrio. Elongación, abdominales… Un rato más y volverá a casa. Le cuesta arrancar con el running, pero cuando termina de hacer su gimnasia, a Ramiro lo invade una reconfortante sensación. Esta vez, sin embargo, su jornada de ejercicios al aire libre no culminará de la mejor manera…
Como de costumbre, el vecino se sube a la bicicleta en la que llegó y a bordo de ella, regresa al hogar, distante de la plaza a unas diez cuadras. Cuando está por entrar, se toca el bolsillo derecho del pantalón, tal vez para buscar la llave, y se da cuenta… ¡de que le falta el celular! No tiene tiempo de lamentarse. Hay que actuar ya… Parte raudamente. En forma desesperada, pedalea con fuerza en dirección a la Mafalda. Esta casi seguro de que el teléfono se le cayó mientras hacía abdominales. De esto habrán pasado no más de diez minutos. Confía en que, o bien el aparato sigue allí, o que alguno de los habitués del lugar lo encontró y se lo devolverá. Ramiro llega enseguida, baja de la bici y va hacia el sitio donde realizó sus ejercicios. Para su desazón, no hay ni rastros del celular. Queda una chance más: saber si alguien lo levantó. Le pregunta a una persona, a otra… Pero no. Llega a la conclusión de que el que lo halló, se lo quedó nomás. Conservaba la esperanza de que no sería así, pero en este momento, con la bronca y la desilusión a cuestas, sólo tiene una alternativa: resignarse, como paso previo a llamar a la compañía telefónica para hacer la denuncia de extravío, y luego, comprarse otro teléfono. La próxima vez, seguramente, tendrá más cuidado.
LA CALESITA
Cae la tarde… Alfredo mira el reloj y piensa que en cualquier momento, comenzará con los preparativos para cerrar el negocio, una tienda de ropa femenina y de chicos, ubicada sobre la Avenida Federico Lacroze. El comercio se llama Las Pilchas de Pablo. Muchos vecinos creen que Pablo es el nombre de su dueño. Pero no, el dueño se llama Alfredo y Pablo, es su hijo, un nene de alrededor de cinco años que, justamente en este instante, llega al negocio acompañado por sus abuelos. Muy contento, con su vocecita aguda, Pablo le cuenta al papá que fueron a la calesita y que vuelven de allí. Que dio varias vueltas y que sacó la sortija.
La calesita, es un espacio infantil que además del tradicional carrusel, tiene dentro del mismo predio, otros juegos para niños. También está sobre Lacroze, casi pagada a la estación, y muy cerca de la tienda de Alfredo, quien aparte de trabajar en el barrio, es vecino de Colegiales.
Ahora están los cuatro en la vereda. Los abuelos, el papá –feliz por la visita- y Pablito, que eufóricamente relata la excelente performance que tuvo a la hora de extraer la sortija de ese fascinante dispositivo de madera pintado de color naranja, hábilmente manipulado por el calesitero. Entonces, se da un diálogo parecido a este:
-Papi, el que saca seis veces la sortija, ¿qué es?
-Un fenómeno.
-¿Y el que la saca doce veces?
-Y… ése ya es un fuera de serie.
(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.
Foto: la calesita de Federico Lacroze.
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