Días atrás, la protagonista de un artículo en este medio era la pizzería San Antonio, de Federico Lacroze entre Conde y Enrique Martínez. Ahora, es el turno de otro de los reconocidos puntos gastronómicos que apuntan al mismo producto. A pocos metros del límite entre Villa Ortúzar, Chacarita y Colegiales, sobre Álvarez Thomas al 1300 (técnicamente Villa Ortúzar, aunque muy identificada con los tres barrios), La Mezzetta se convirtió hace décadas en una referencia ineludible de la pizza porteña. Su fama ha llegado a ser internacional, ya que traspasó distritos y fronteras. Cada tanto, además, recibe algún premio como consecuencia de la calidad de sus pizzas. Pero detrás de cada porción humeante existe un engranaje humano que sostiene la identidad del lugar. Aunque el equipo es mucho más amplio, cinco de sus trabajadores permiten asomarse a la vida cotidiana de esta pizzería fundada en 1939.
Uno de ellos es Horacio Conde, nacido en 1971 en la zona de Superí y Loreto. Su vínculo con La Mezzetta es también familiar: su padre, Marcelino, había adquirido en 1957 el fondo de comercio junto a su hermano Gervasio y Abelardo Rodríguez. Desde 2001, Horacio continúa esa tradición trabajando en el local que forma parte de su propia historia. Vecino de Álvarez Thomas y Palpa, su presencia refuerza el lazo entre la pizzería y el entorno barrial.
La continuidad generacional también aparece en la trayectoria de Luis Dovale, nacido en 1964 y profundamente identificado con Villa Devoto. Llegó a La Mezzetta en 1994, tras la jubilación de su suegro Gervasio Conde, uno de los históricos dueños del negocio. Esposo de Graciela —hija de Gervasio—, su recorrido combina el esfuerzo cotidiano con el legado familiar que marcó la evolución del local durante décadas.
Desde otra generación se suma Diego Moreno, nacido en 1981 en Caseros y actualmente vecino de San Telmo. Ingresó en 2004 y hoy cumple múltiples funciones: atiende al público, trabaja en la cocina y también participa en tareas vinculadas al horno, corazón del establecimiento. Su rol refleja la dinámica de un espacio donde la versatilidad es clave para sostener el ritmo constante de clientes.
Entre los empleados más antiguos figura Eduardo Romero, chaqueño de Castelli, nacido en 1959. Llegó a Buenos Aires a los 21 años y tras un paso por la construcción encontró en La Mezzetta un nuevo rumbo laboral. Hoy reside en Ciudadela y forma parte del grupo de trabajadores que aportan experiencia y memoria a la rutina diaria del local.
El equipo se completa —al menos en esta pequeña muestra— con Ignacio Sáenz, porteño nacido en Recoleta en 1985 y vecino actual de Villa Urquiza. Desde 2011 participa en la atención al público, el corte de pizza, el despacho de bebidas y la producción de empanadas, tareas esenciales para el funcionamiento ágil del mostrador.
Las historias personales de estos trabajadores reflejan trayectorias diversas, pero coinciden en un punto: la construcción colectiva de un espacio que trasciende la gastronomía. En una esquina que convive con tres barrios y recibe visitantes de toda la ciudad, La Mezzetta se sostiene gracias a quienes cada día encienden el horno, atienden al cliente y mantienen viva una tradición que ya forma parte del patrimonio cotidiano de la zona.
Foto: Eduardo Romero.
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