DE PADRES E HIJOS
El hijo del vecino (*) caminaba por el supermercado. Mientras recorría una góndola en busca de algunos productos, oyó que dialogaban entre sí un hombre y una mujer bastante mayor que él. Entendió que ella era su madre. Pronto, él subió fuertemente el tono y comenzó a insultar a la señora, quien, con impotencia, no lograba contener la furia del muchacho.
Entre los Diez Mandamientos hay uno que hace referencia directa a los padres. “Honra a tu padre y a tu madre”(Éxodo 20:12) dijo el Señor, en lo que es conocido como el quinto de los mandamientos. Dios no lo manifestó cómo una sugerencia sino como una orden… Es una obligación honrar a quienes nos dieron la vida. Y qué falta haría tener presente este mandato actualmente, cuando tanta gente parece acordarse de sus padres solamente si precisa algo de ellos.
Esta falta de consideración es posible que ya se pueda notar en la infancia o la preadolescencia, época en que las personas, cuando están con otras de su edad, sienten vergüenza y no quieren mostrarse junto a mamá o papá. Durante la juventud y la adultez quizás desaparezca esa vergüenza, pero posiblemente crezca el desinterés, la falta de atención y, lamentablemente, el desamor.
En todos los casos, hay hombres y mujeres que sufren porqué sienten que se han transformado en una molestia para aquellos a quienes han protegido más que a su propia vida.
Por supuesto, no se puede generalizar, pues en muchas familias, esto no ocurre, y hay hijos que son excelentes. Sin embargo, existen conductas difíciles de comprender: ¿Cuál es el motivo de la vergüenza? ¿Por qué se llega al desinterés o al desprecio? Sea cual fuere la respuesta, hagamos esfuerzos para que ni en la temprana edad ni siendo más grandes, caigamos en la tentación de deshonrar a nuestros padres. No perdamos de vista que, al hacerlo, no sólo a ellos, sino también a nuestro Creador, defraudamos y entristecemos.
Dice la Biblia:
La corona del anciano son sus nietos; el orgullo de los hijos son sus padres. Proverbios 17:6.
CUANDO NO TODOS CREEN
El hijo del vecino (*) estaba en dificultades y no hallaba la salida. Varias veces, su padre le aconsejó que recurriera a las páginas de las Sagradas Escrituras. “Ahí están las soluciones a todos los problemas que tengamos que atravesar en la vida”. Para que lo dejara tranquilo, el hijo respondía que lo haría, pero nunca cumplía. Un día, su padre no le insistió más…
Suele ocurrir que dentro de una familia, alguien esté feliz por su condición de creyente, pero no todos los miembros lo sean. La persona que haya encontrado a Dios seguramente gozará de un estado de gran bienestar y quisiera que su familia, a la que ama, siga el mismo rumbo. Pero no siempre hay una aceptación inmediata a este deseo. Entonces, ¿qué debe hacer el creyente? ¿Insistir desesperadamente para tratar de convencer a los demás? ¿O, por el contrario, quedarse cruzado de brazos viendo cómo sus seres queridos se pierden la bendición que el Señor da a quienes lo siguen?
La decisión no es fácil. Lo más probable es que con la presión, nadie gane nada. Por lo tanto, lo más aconsejable ante situaciones como estas, es pedirle a Dios que con Su poder, logre lo que las personas no podemos lograr. Descansar en Su sabiduría para hacer las cosas y dejar el tema en Sus manos. Entretanto, los creyentes debemos orar por las personas que no creen y al mismo tiempo seguir dando testimonio de nuestra fe, y de las buenas noticias de amor y salvación.
Hay una hermosa promesa que brindan las Escrituras: “Cree en Yeshúa el Mesías y serás salvo, tú y tu familia” (Hechos 16:31). Esto, debe animarnos a tener paciencia y a seguir confiando en Él, por más complicadas que parezcan algunas cuestiones. Entre tantas promesas, el Señor también promete la victoria al que persevere en los caminos de la fe.
Dice la Biblia:
(Dijo Yeshúa –Jesús-): Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá (Mateo 7:7).
(*) En Colegiales o en cualquier rincón del mundo… El hijo del vecino podrías ser vos o yo. O cualquier hijo de vecino.
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