Por: María Leonor Ramírez (*)
Del baúl de mis recuerdos, hoy quiera narrarles una historia, sobre hechos reales, que ocurrieron hace mucho tiempo, pero que el mensaje sigue siendo actual. Cuando lo lean, sabrán el motivo por el que está dirigido “a todos los purretes que como el Rulo, viven el anhelo y la esperanza de un mundo mejor, donde reine el amor.”
EL RULO (apodo de Raúl)
Cabellos ensortijados negro azabache, enormes ojos que en su cara de luna llena, brillaban con chispitas de asombro, picardía o tristeza.
Todos los días recorría a pie, el trayecto desde su humilde y casi solitaria casa, hasta el puerto, para ver el movimiento -para él siempre nuevo- de lanchas y embarcaciones de carga, y hasta las canoas que le parecían tan inalcanzables y misteriosas, siempre con la misma pregunta: ¿Cómo se sostienen sobre el agua?
Corría de un lado a otro ofreciendo su ayuda: “Le llevo el bolso Don? ¿Quiere que vaya a comprarle algo?” Y así, esas moneditas diarias que recibía como pago a su voluntad, cubrían su cuota de esperanza. Volvía con ellas a los brazos de su abuelo, única familia con quien vivía, de quien recibía mucho amor pero que también materializaba otra de sus preguntas y tristezas: “¿Mi mamá y mi papá?”
El abuelo, viejo lobo de “río”, ya sea en el Uruguay o el Paraná, con infinita dulzura explicaba, mientras saboreaba los bizcochitos de grasa que el nieto le había traído como golosina, porque sabía cuánto le gustaban y porque era a lo que llegaba con las moneditas recibidas: “Se fueron a trabajar en la represa, esa que están haciendo en Salto Grande y que dicen va a dar luz a muchos lugares de Argentina y del Uruguay”.
El Rulo no preguntaba más, no quería que su abuelo supiera que él intuía que ya no volverían.
Pasaron los años. Ese purrete de mirada de asombro se transformó en un hombre. Su abuelo ya no estaba. Con la fe y esperanza que miraba las canoas a la vera del Uruguay, “El Río de los Pájaros” en Concepción del Uruguay, hermosa ciudad de Entre Ríos, siempre pronto a perseverar para lograr su sueño, estudió donde y como pudo, primero las letras, luego los fierros y los motores… Todo lo que pensaba lo acercaría a su meta.
Largo fue su peregrinar entre las riberas del Río Uruguay, con aquello de querer saber. Así lo vieron las cuchillas de Salto o los naranjales de Concordia, semejando un nuevo lazo de unión entre las dos naciones hermanas. Escuchaba a los “baqueanos” de los ríos, que sabían cómo atracar un buque para que no encallara; formándose en la escuela de la vida.
Hoy lo vemos, orgulloso, y ya sabiendo porque los barcos no se hunden, hacer la travesía que une la populosa Buenos Aires con la histórica Colonia, y en sus ojos la tristeza –que en el fondo sigue estando-, se ha transformado en bondad, paciencia y dulces caricias de sus manos, mostrando, explicando y enseñando a purretes como él fue, “que el río ahora es más oscuro, que a los peces y las plantas les cuesta más subsistir, porque el modernismo, las máquinas, los deshechos y las personas, hacen que aquella pureza de aguas cristalinas, hoy se vea contaminada.”
Como una leyenda relata, como llegaban los buques con frutas y hortalizas desde el Delta hasta el puerto donde él había volcado sus ilusiones, que en su asombro las veía como grandes transatlánticos, o aquellos otros “vapores” que llegaban al puerto de Concordia, en el que viajaban argentinos y uruguayos, para ir a conocer a “la reina del Plata”, o cómo eran las cascadas de Salto Grande y Salto Chico, antes de la represa, por la cual ahora, la ciudad de Federación, sumergida, se ha transformado en la Atlántida Argentina. La Nueva Federación y sus aguas termales, actualmente, atraen el turismo de todas partes del mundo.
(*) María Leonor Ramírez, vecina de Colegiales, nos comparte otro de sus escritos.
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