CÁBALAS Y AMULETOS
El hijo del vecino (*) fue a un concurso de preguntas y respuestas de la TV televisión. Mientras esperaba el turno de su pregunta, apretaba un pequeño objeto. “¿Qué es eso qué tenés ahí”, quiso saber el conductor del programa. “Un muñequito que me regaló mi abuela, me trae suerte”, respondió.
Llama la atención la cantidad de cosas que las personas hacen para que les vayan bien o para evitar problemas. Colocar cintas rojas, tocar una madera, cruzar los dedos, llevar amuletos. La lista podría seguir con no cruzarse con un gato negro, no pasar debajo de una escalera, levantarse con el pie derecho, ponerse determinadas ropa… De hacer la lista completa quizás llenaríamos páginas enteras con estas costumbres enquistadas en el día a día de las personas.
El ser humano está tan habituado a ellas, que las cábalas ya se ven como algo normal, tienen buena aceptación popular y se las señala como simpáticas o pintorescas. Esto revela la tendencia que tenemos a buscar ayuda más allá de lo que vemos y tocamos. La necesidad de creer en algo que escapa a nuestros sentidos es real. Pero es sorprendente como en lugar de recurrir al Señor, el auxilio intentamos hallarlo en una cinta roja o en un cruce de dedos. En Su Palabra, nos ha indicado que evitemos este tipo de prácticas y que si hay alguien al que debemos buscar es a Él, que como dueño y fundador del Universo, es capaz de darnos todo lo que le pedimos y más también. Y no solamente puede, sino que desea bendecirnos. Por eso, cada vez que apelamos a estas “soluciones mágicas” estamos entristeciéndolo, ofendiéndolo e incitándolo a que aplique sobre nosotros la disciplina.
No nos limitemos a confiar únicamente en nuestras fuerzas. Al ser imperfectos, fallamos a menudo. Pero cuando busquemos más lejos de lo que podamos hacer con nuestra capacidad acotada, en lugar de apoyarnos en la superstición, invoquemos al Eterno, que se complace en que en Él confiemos y en darnos lo que -mejor que nadie-, sabe que necesitamos.
Un sustento bíblico:
Porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: “No temas, yo te ayudaré”. Isaías 41:13.
TODO EMPIEZA POR CASA
El hijo del vecino (*), con sus 12 años, encaró a sus padres en medio de una cena. Sin dejar de ser respetuoso, se lamentó de que sus amigos en la escuela hablaban de política, pero si esto sucedía, él no sabía qué hacer. “Yo quiero opinar, pero no tengo ni idea qué decir y me pongo mal. ¿Por qué ustedes nunca hablan de estos temas?”
Es frecuente que a las personas se nos peguen los usos y costumbres de nuestro entorno. Si en la familia suelen darle importancia a la política, no sería extraño que los niños pequeños, a futuro, sigan los mismos pasos. Igual ocurre con el fútbol, la música, etc. A la inversa pasa algo similar: cuanto menos hablen los padres de política –aunque siempre hay excepciones- menos hablarán los hijos. Si en un hogar a la Palabra de Dios no se la tiene en cuenta, muy probable es que los hijos crezcan dándole la espalda a nuestro Creador. Luego esos niños irán a la escuela y se encontrarán con compañeros que tienen el mismo esquema: una vida sin Dios. Como la familia es la base de la sociedad, mediante este modelo se ha ido formando una comunidad que muy lejos está de las instrucciones, los anhelos y las bendiciones que el Señor tiene preparados para Sus hijos.
Dios fue muy específico en esta ordenanza: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:7). Pero, ¿cuántas personas respetan este mandato? ¿Qué padre, hoy por hoy, trata de educar siguiendo la guía del Señor? Por lo general, muy poco. El hecho de apartarse, significa que también uno se alejará de las bendiciones que Él continúa ofreciéndonos. Por eso, mientras tengamos los pies sobre esta tierra, todavía habrá tiempo de romper con este modelo de sociedad que propone esa vida sin Dios. Sin embargo, así como Su justicia es inquebrantable, también inmenso es Su perdón. No esperemos más y corramos a reconciliarnos con Él, que sin dudas, nos espera con ese ferviente deseo.
Un sustento bíblico:
Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará. Proverbios 22:6.
(*) En Colegiales o en cualquier rincón del mundo… El “hijo del vecino” podrías ser vos, yo, o cualquier hijo de vecino.
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