Tenía yo 15 años cuando mi papá me dijo: “Te conseguí un trabajo”. Estábamos en vacaciones de verano y como deseaba hacerme de unos pesos extra, comenté en familia que una changuita temporal me vendría bien. Al poquito tiempo nomás, empecé en La Castellana, histórica rotisería/fábrica de pastas del barrio. La buena relación entre mi papá y José, el dueño del negocio, posibilitó mi “empleo”, palabra que escribo entre comillas, porque apenas duró… una mañana. Sí, me dieron un guardapolvo blanco y me enviaron a colaborar en la cocina. Sobre lo que tuve que hacer aquella calurosa mañana, recuerdo dos cosas: lavar una olla gigantesca y acomodar unos pollos crudos en una heladera industrial. Creo que mientras lo hacía pensé: “¿Quién me mandó a buscar trabajo? ¿Qué estoy haciendo acá?”. Para peor, al tratar de acomodar los pollos, sin darme cuenta los sumergí en otra enorme olla de salsa, generando fastidio en el hombre que me supervisaba en la cocina, quien, pese a todo, siempre me trató con mucho respeto. También tuve que hacer un trámite: como a este empleado le dolía la muela, me envió a la farmacia de la otra cuadra a comprar un calmante.
Al mediodía terminó mi horario y me fui. Al día siguiente, volví… para renunciar. Le dije al dueño algo así como “discúlpeme pero esto no es lo mío, muchas gracias por todo”. Creo que José esbozó una sonrisa y de inmediato extrajo de la caja un billete de cinco mil pesos, que actualizados al día de hoy, ignoro qué cantidad sería. De todos modos, recibir esa paga me puso muy contento, porque realmente no me la esperaba.
Los años pasaron, mientras La Castellana acrecentaba su prestigio y prolongaba su histórico recorrido en Colegiales. Cierto día, volví a encarar a José, aunque por un tema muy diferente: la idea era publicar una revista barrial. Para hacerlo se necesitaban auspiciantes. No lo meditó demasiado. Su “sí” fue rotundo. Él ni sabía que yo era aquel adolescente al que había “contratado” un verano. Seguramente, ni siquiera se acordaba de que alguien le había presentado la renuncia luego de haber pasado por su cocina unas horas. Sin embargo, su generosidad fue la misma, aquella y esta vez.
Durante gran parte de la historia de este medio periodístico, me tocó verlo a menudo. Estaba al comando de la caja registradora casi en forma permanente. Y siempre, el gesto amable, el saludo cordial, la buena predisposición. Hasta que un día llegó la pandemia y a su rostro sonriente ya no se lo vio tanto detrás del mostrador. Cuando las restricciones cesaron, tampoco volvió a su antiguo puesto con la frecuencia de antes. Claro, podría ser que ante el peligro de los contagios, seguía cuidándose, según era lógico deducir.
Lo cierto es que unas semanas atrás, escuché por el barrio la noticia: José había fallecido. Como deseaba tener la confirmación de parte su propia gente, me propuse esperar a ese momento para dar por certera la versión. Y, efectivamente, era cierto. Por intermedio de su hijo Fernando, pude saber que andaba bastante mal de salud y que luego de una internación de diez días, se produjo su deceso.
José Lavandeira nació en La Coruña, España. A los 16 años llegó a la Argentina y junto a su familia, se instaló en una vivienda de Palermo. Tras realizar diversos trabajos, en 1969 se hizo cargo de La Castellana, que a su vez, ya funcionaba desde 1942. En junio el Gallego –como se lo conocía cariñosamente- hubiera cumplido 80 años. Desde estas líneas, las sentidas condolecías a sus familiares y seres queridos.
Pablo Wildau
Foto: José tuvo dos hijos. Aquí está junto al mayor, Fernando, detrás del mostrador de La Castellana.
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