Sábado de junio. Son aproximadamente las 9 de la noche y el enorme local de Federico Lacroze y Cabildo está lleno. Al no haber mesas vacías, es preciso hacer fila junto a la puerta, del lado de adentro. Un empleado está abocado a organizar la espera. Pero la gente que aguarda su turno no es numerosa y rápidamente se consigue lugar. Somos cuatro. Nos acomodamos en la planta baja, cerca del lateral que da a Lacroze. También hay un primer piso. Desde abajo, se distinguen los rostros de la gente que está sentada en la planta superior.
En Colegiales y barrios vecinos, seguramente, existía curiosidad por este nuevo espacio gastronómico, una confitería/restaurante/pizzería que se instaló luego de que el local quedara vacío por unos cuantos meses. Anteriormente, esta esquina la ocupaba la sede administrativa de una empresa de medicina prepaga. Y unos años antes, los antecedentes volvían a vincularla con lo gastronómico, dado que durante décadas funcionaron aquí diversos emprendimientos del rubro. Lo último previamente a la empresa de salud, había sido una sucursal de Plaza del Carmen. Más de un vecino especulaba con una torre de gran porte en este sitio estratégico. El auge de la construcción y la ubicación de esta esquina tan transitada así lo hacían imaginar. Por eso, resultó una agradable sorpresa el hecho de comprobar que no levantarían un edificio como en tantos otros predios de la Ciudad, sino que se regresaría a un espacio caracterizado por la gastronomía.
En este caso, su nombre es Antica Berna. Espacioso en cuanto a amoblamiento y distribución de los comensales, está atendido por mozos –hombres y mujeres- de oficio. Con mesas redondas y cuadradas, el menú es muy variado. Se puede visualizar en el teléfono celular mediante un código QR; también ofrecen la carta “física” tradicional. Nos inclinamos por un clásico: la grande de muzzarella. Los platos donde se sirve la comida son de color negro, de un material de chapa o similar, con líneas blancas esmaltadas y un poco más grandes que lo habitual. Pronto llegan las bebidas junto con unas tiritas de pizza y queso blanco para picar. Y enseguida, el plato principal. ¿El sabor? Aprobado. No hay quejas. Buena relación calidad-precio (3 mil pesos cuesta la grande de muzza, muy parecido a lo que se suele cobrar en la zona).
El restaurante abre a las 7 de la mañana y cierra a las 12 de la noche. Por lo tanto, es apto para desayunar y merendar. Facturas y medialunas exhibidas en la barra lo atestiguan. El café cuesta 500 pesos, precio que oscila la “normalidad” de los tiempos que corren. En un rincón, se ve una heladera vidriada que contiene tortas tentadoras. El lugar está bien decorado -hay plantas artificiales- y la limpieza, tanto en el salón como en el baño, no deja nada que desear. Un dato llamativo: no hay televisión, ni abajo ni arriba, hecho poco común en la era de las pantallas.
Una contra: el ruido. Las voces de los comensales y los sonidos de la vajilla se multiplican, retumbando con fuerza. A salón lleno, se torna dificultoso sostener una conversación tranquila con los compañeros de mesa. Casi que es necesario gritar, lo que da como lógico resultado, el elevado ruido ambiente imperante. De todos modos, los puntos a favor inclinan la imaginaria balanza. Pedimos la cuenta, abonamos y nos vamos satisfechos. Pulgares arriba para este nuevo emprendimiento gastronómico de Colegiales.
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