A TODA VELOCIDAD. Zapiola entre Elcano y Virrey Avilés. Unos pocos vecinos circulan por la vereda, de manera serena. De repente, aparece “de la nada” un chico en bicicleta, con su caja térmica en la parte trasera. Viene desde Virrey Avilés pedaleando fuertemente, y sin disminuir la velocidad (o haciéndolo apenas) toma la curva, para sorpresa de quien camina de frente hacia él. Así, sigue su intrépida marcha por la vereda. Esto no es todo. Menos de cinco segundos más tarde, otro supuesto delivery, de edad similar (unos 17 años) hace lo mismo. El peatón que no había terminado de reponerse del susto provocado por el imprudente ciclista, debe enfrentarse con otro suceso casi idéntico. Es una fría tarde de jueves, aunque la baja temperatura no alcanza a enfriar la calentura que generan casos como estos.
TELÉFONO MUDO. Incómoda escena en una inmobiliaria del barrio. El dueño del local y su secretaria están indignados. No es para menos: el teléfono de línea no funciona desde hace varios días. Es verdad que hoy los celulares se usan mucho más, pero también lo es el hecho de que en ciertos sectores laborales –un local de este tipo, por ejemplo- el teléfono fijo sigue siendo muy importante. La escena cuenta con un segundo acto, probablemente más penoso que el primero: a pesar de los esfuerzos y las gestiones del martillero, unos meses más tarde, al negocio todavía no le arreglaron la línea. “¿Qué pasa con la gente que no tiene mi celular y llama para averiguar algo? ¿Cuántos clientes estaremos perdiendo?”, quizás se haya preguntado, con genuina razón, el propietario de la firma. El tercer acto, al momento de empezar a escribir estas líneas aún era una incógnita.
VALORAR LAS COSAS SIMPLES. En Federico Lacroze y las vías del Mitre (frente a la histórica calesita del barrio) hay un sector donde la gente accede a un sendero peatonal que a su vez, se comunica con la estación Colegiales, andén a Retiro. En el extremo del pasadizo, se juntaron unas cuantas palomas. Un hombre les está dando de comer. Les arroja migas de pan –o alimento similar- y ellas se arremolinan para no quedarse afuera del convite. La pintoresca escena es observada por una mujer que transita por la zona. Entre asombrada y enternecida, pronuncia en voz baja, pero de manera perfectamente audible: “Ay, les está dando de comer a las palomas…” Y continúa caminando, mientras las aves, siguen comiendo.
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