Barrio Mío

De las inundaciones al segundo emisario: el largo camino del Vega

Hace aproximadamente un año, la reapertura al tránsito de la avenida Elcano fue recibida con satisfacción por comerciantes, automovilistas y vecinos. Durante varios meses, distintos sectores de esta importante arteria en su paso por Colegiales permanecieron cerrados debido a trabajos destinados a disminuir el riesgo de inundaciones vinculadas al Arroyo Vega. A raíz de estas obras, el nombre de este curso de agua volvió a aparecer una y otra vez en la conversación pública, despertando, quizás, preguntas como estas entre muchos vecinos: ¿qué es exactamente el Vega?, ¿por dónde circula?, ¿cómo puede ser tan importante si nadie lo ve?

La respuesta se encuentra bajo tierra. Sin embargo, no siempre fue así. Aunque hoy pueda parecer difícil de imaginar, hasta cerca de un siglo Buenos Aires contaba con numerosos arroyos a cielo abierto. Entre ellos se encontraban el Vega, el Maldonado -corre bajo la avenida Juan B. Justo-, el Medrano, el White, el Cildáñez y el Ochoa, entre otros. Además de estos cursos de agua, la antigua geografía porteña incluía lagunas y cañadas, en una época en la que la urbanización todavía convivía con amplios espacios de características rurales.

Lluvias y complicaciones

Con el crecimiento de la ciudad, los problemas comenzaron a multiplicarse. Las lluvias intensas provocaban frecuentes desbordes y anegamientos, situación que afectaba especialmente a las zonas atravesadas por estos arroyos. En el caso del Vega, una de las inundaciones más recordadas ocurrió en 1910, cuando extensos sectores de Belgrano quedaron bajo el agua. Aquella no fue una situación aislada: los vecinos de la zona padecieron numerosos episodios similares en años posteriores.

A los inconvenientes generados por las crecidas se sumaba otro problema: la contaminación. Diversas industrias ubicadas cerca de su desembocadura en el Río de la Plata arrojaban residuos en sus aguas. Como medida para reducir los efectos de las inundaciones, se construyeron siete puentes de hierro sobre distintos puntos de su cauce, que en gran parte coincidía con el trazado actual de la calle Blanco Encalada. Sin embargo, cuando las precipitaciones eran especialmente intensas, esas obras resultaban insuficientes.

Durante las primeras décadas del siglo XX se llevaron adelante tareas de canalización y desagüe con el objetivo de mejorar la situación. Pero el avance de la urbanización jugaba en sentido contrario. La expansión de las construcciones y la pavimentación reducía cada vez más la capacidad del suelo para absorber el agua de lluvia, limitando el efecto de las obras realizadas.

La decisión de entubarlo

Finalmente, las autoridades optaron por una solución más drástica: entubarlo. Tras dos años de trabajos, el Arroyo Vega quedó completamente rectificado y cubierto en 1936. Al igual que otros cursos de agua de la Ciudad, pasó a ser prácticamente invisible para los habitantes. Sin embargo, la medida no logró eliminar por completo los problemas. Aunque el arroyo desapareció de la superficie, las inundaciones continuaron produciéndose debido a que la infraestructura resultó insuficiente frente a determinados eventos climáticos.

En los últimos años, la construcción de un segundo emisario para el Vega buscó dar respuesta a esta situación histórica. Gracias a estas obras, el riesgo de inundaciones parece haberse reducido de manera significativa, una noticia que celebran los vecinos y los comerciantes beneficiados con la reactivación de la circulación de gente.

Foto: el corte bajo el puente ferroviario de Elcano, mientras se realizaban las obras hidráulicas.