Barrio Mío

Restauraron el buzón de Conesa y Jorge Newbery

La escena probablemente llamó la atención de muchos vecinos de Colegiales en los últimos días. En la esquina de Conesa y Jorge Newbery, donde tiempo atrás había desaparecido el tradicional buzón postal, reapareció el histórico cilindro rojo que durante décadas formó parte del paisaje barrial. Restaurado y con una nueva capa de pintura, el antiguo receptáculo de cartas recuperó presencia en una zona de permanente circulación peatonal, especialmente por la cercanía de varios establecimientos educativos.

La restitución de este ejemplar no sería un hecho aislado. Según trascendió, existiría un plan para reacondicionar otros buzones antiguos distribuidos en distintos puntos de CABA, muchos de ellos deteriorados por el paso del tiempo, las pegatinas y el vandalismo urbano. En Colegiales, la noticia despertó cierta curiosidad entre quienes conviven diariamente con estas piezas que, aunque cada vez menos utilizadas, todavía conservan un fuerte valor simbólico.

Los cuatro del barrio

Actualmente, permanecen en pie cuatro buzones dentro de los límites del barrio. Además del ubicado en Conesa y Jorge Newbery, también sobreviven los de General Enrique Martínez y Gregoria Pérez; Avenida Elcano y General Enrique Martínez; y el instalado sobre Superí, a la altura de la Plazoleta Zárraga. Todos forman parte de una postal urbana que, para muchos vecinos, ya pasa inadvertida en medio del ritmo acelerado cotidiano.

Cada uno parece haberse adaptado al entorno que lo rodea. El de Jorge Newbery y Conesa observa desde temprano el movimiento de alumnos y familias que transitan por la zona escolar. Muy distinto es el escenario del buzón situado en Gregoria Pérez y Enrique Martínez, en un cruce mucho más tranquilo, donde el silencio barrial apenas se altera por el paso de ciclistas desde la incorporación de la bicisenda. En cambio, el de Elcano y Martínez permanece inmerso en un corredor de intensa actividad comercial y vehicular.

Aunque hoy lucen desgastados, continúan resistiendo como silenciosos testigos del paso del tiempo. Para algunos especialistas en patrimonio urbano, su permanencia resulta llamativa si se tiene en cuenta que en la Ciudad apenas quedarían alrededor de cien ejemplares, cuando décadas atrás había cerca de mil distribuidos por distintos barrios porteños.

Hace más de un siglo

La historia de estos buzones se remonta al siglo XIX. Los primeros modelos eran simples cajas de madera colocadas en el casco céntrico porteño. Con el correr de los años comenzaron a fabricarse en metal y hacia 1870 llegaron desde Inglaterra los primeros de forma cilíndrica, similares a los que todavía sobreviven en algunas esquinas. Más adelante, la producción pasó a manos de industrias nacionales, que construyeron modelos para distintas ciudades del país.

También atravesaron múltiples cambios de color. Durante gran parte de su existencia fueron rojos, aunque entre 1972 y 1983 adoptaron el amarillo y negro característico de ENcotel, la entonces Empresa Nacional de Correos y Telégrafos. Con el regreso de la democracia tuvieron un breve período verde y, posteriormente, retomaron el rojo. A fines de los años noventa incluso llegaron a teñirse de azul y amarillo durante la administración privada del Correo Argentino.

Más allá de su valor histórico, persiste una incógnita que muchos vecinos se hacen al pasar: si todavía funcionan realmente. Los buzones continúan perteneciendo al Estado Nacional y dependen del Correo Argentino, pero resulta poco frecuente observar personal recolectando correspondencia. En letras pequeñas aún puede leerse el horario de retiro de cartas, indicado de lunes a viernes entre las 12 y las 14 horas. Sin embargo, para buena parte de los porteños, estos antiguos receptáculos parecen haberse transformado más en reliquias urbanas que en herramientas vigentes de comunicación.

Mientras la tecnología avanza y las cartas en papel se vuelven cada vez más excepcionales, los buzones de Colegiales permanecen aferrados a las veredas del barrio. Algunos restaurados, otros castigados por los años, todos conservan algo de memoria porteña en medio de una Ciudad que cambia constantemente.

Foto: el buzón, ahora restaurado, de Conesa y Jorge Newbery.