Historias cortas y con aroma a barrio.
ATARDECER EN EL POLI
Daiana y Juan están noviando. Se conocen hace no más de dos meses. En esta ocasión, caminan serenamente por Colegiales, barrio que él conoce muy bien. Desde que era un bebé vive aquí. Ella, en cambio, es de la zona de Boedo. Pasean sin rumbo fijo y entran al Polideportivo. Fútbol, básquet… Hay mucha actividad a esta hora, a pesar de ser un día laborable. Ellos suben hasta lo alto de la tribuna de la cancha grande de fútbol. Desde allí contemplan el atardecer, aunque la vista –en línea recta a las torres de Álvarez Thomas entre Santos Dumont y Concepción Arenal- no sea de lo más romántica. Sin embargo poco les interesa que el paisaje nada tenga que ver con el de una playa caribeña. La conversación fluye. Parece que hay química, y eso es lo más importante. La pareja no se da cuenta, pero la hora corre. Las voces de alrededor comienzan a acallarse. De pronto, las sombras de la noche ganan la partida. Todo queda en silencio. Entonces, deciden bajar y dejar las instalaciones del Poli. Cuando llegan abajo, no ven a nadie. Enseguida comprenden que el reducto deportivo municipal ya está cerrado. ¡Y con ellos adentro!
No hay otra chance que trepar por una reja y desde una altura de unos dos metros, saltar hacia el exterior, a un espacio comprendido entre el Polideportivo y las canchas de bochas de Freire al 200. Lo hacen. Primero él, luego ella, cuya caída no es la mejor: al tocar el suelo se tuerce un tobillo. Caminan –ella con cierta dificultad-, donde Daiana sube al 65 para regresar a su hogar.
TOMEMOS UN CAFÉ
Lucas y Gabriel se encuentran para tomar un café en un bar de Álvarez Thomas y Céspedes. Hace mucho tiempo que no se ven. Años atrás, estudiaban juntos una carrera terciaria, por las noches. En el regreso desde el centro porteño, Lucas se tomaba el 140 en la Avenida Córdoba, hasta Colegiales. Pero de vez en cuando, decidía viajar en el Subte B, donde iban Gabriel –que vivía en Chacarita- y otros compañeros. También solían ir juntos a la cancha. Al finalizar la carrera dejaron de verse, aunque un día se encontraron de casualidad, sobre Federico Lacroze. Lucas caminaba de la mano con una chica, Gabriel volvía de su trabajo. El cruce inesperado provocó los saludos de compromiso y una frase que Lucas nunca cumplió: “Un día de estos te llamo”.
Pasaron años, décadas… Hasta que en una oportunidad, las jugarretas de la vida fueron dándose para reunirlos nuevamente. Seguían viviendo a unas diez cuadras de diferencia, así que pactaron el encuentro en un punto intermedio: la cafetería de Thomas y Céspedes, en la que están ahora, más de 25 años después de la última vez que se habían visto. Los recuerdos se disparan y Lucas trae a la charla aquel cruce circunstancial en Lacroze. Gabriel se acuerda bien. Lucas le cuenta que la chica con la que iba de la mano, hoy es su esposa.
(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.
Foto: la intersección de las avenidas Cabildo y Federico Lacroze.
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