Cinco décadas después de comenzar a escribir su historia con Racing, Roberto Osvaldo “Ropero” Díaz volvió a quedar ligado a la actualidad del club de una manera muy particular. Esta vez no por sus goles, gambetas o actuaciones con la camiseta de la Academia, sino porque su hijo Lautaro acaba de incorporarse al plantel profesional de Avellaneda. El vínculo entre pasado y presente apareció este miércoles al mediodía, durante una visita que hice al Bar Conde. Allí, en una de las mesas del histórico reducto de Colegiales, se encontraban dos viejos conocidos, Oscar Rabuffetti y Ernesto Cappelli, acompañados por otras dos personas. Uno de ellos era nada menos que Roberto “Ropero” Díaz, sentado junto a la ventana que da a la calle Lacroze y de espaldas a la puerta de ingreso. Después de los saludos, la conversación permitió reconocer rápidamente al exfutbolista surgido de Chacarita, quien dejó su huella, entre otros clubes, en Racing, durante las décadas del 70 y 80.
El encuentro tuvo además un dato especialmente significativo. Su hijo Lautaro, también delantero, se transformó en jugador de la Academia hace unas semanas. Llegó el momento de la fotografía que acompaña esta nota. Los protagonistas posaron frente al mural fotográfico del Bar Conde. Se propuso que se hiciera una imagen exclusivamente con Roberto, como una manera de reconocer quién era, entre los presentes, la figura verdaderamente célebre. Sin embargo, el propio “Ropero” prefirió otra cosa: con la cordialidad que mostró durante todo el encuentro, rechazó posar solo y pidió que la foto fuera de los cuatro juntos.
Poco antes de la despedida, Ernesto tomó su teléfono y mostró una fotografía del “Ropero” en sus tiempos de futbolista. La imagen correspondía a 1979, cuando el atacante fue convocado por César Luis Menotti para integrar la Selección Argentina que disputó la Copa América.
Un delantero que dejó su marca
La trayectoria de Roberto Díaz en Racing explica perfectamente aquella reacción. Según recordó el sitio oficial racingclub.com.ar en una reseña dedicada al exjugador, el delantero nació el 3 de marzo de 1953 y tuvo dos etapas en la institución: la primera entre 1975 y 1980 y la segunda durante 1982 y 1983. En total, disputó 244 encuentros con la camiseta de Racing y convirtió 51 goles. Su potencia física constituía una de sus principales características, aunque estaba lejos de ser la única. A esa fortaleza le agregaba una gambeta difícil de descifrar, una combinación que lo convirtió en un atacante incómodo para los defensores rivales.
El reconocimiento no quedó limitado a Avellaneda. Díaz fue citado seis veces por Menotti para vestir la camiseta argentina y consiguió marcar un solo gol con la Selección. Fue el 23 de agosto de 1979, frente a Brasil.
Durante sus años en Racing compartió ataque con varios nombres destacados. Héctor Scotta, Hugo Gottardi, Roque Avallay, Guillermo Trama y Sergio Fortunato fueron algunos de los delanteros con los que conformó distintas sociedades ofensivas. Para los hinchas académicos, su figura quedó asociada a una época compleja, aunque también a la aparición de un futbolista capaz de romper esquemas con su físico y su particular estilo.
Díaz vuelve a Avellaneda
Ahora es Lautaro quien tiene la posibilidad de continuar esa historia. El delantero de 28 años llegó a Racing a préstamo por un año desde Cruzeiro, con una opción de compra, y expresó públicamente la enorme carga emocional que representa para él ponerse la misma camiseta que alguna vez vistió su padre. En declaraciones reproducidas semanas atrás por TyC Sports, el atacante contó que su llegada produjo una enorme alegría entre sus familiares, todos ellos identificados con la Academia. “Es un orgullo enorme vestir esta camiseta. Para la familia también es muy especial”, expresó. Y relató que la noticia tuvo un fuerte impacto personal. Al contarle a su esposa que finalmente jugaría en Racing, aseguró que terminó llorando porque hasta ese momento no había tomado verdadera dimensión de lo que estaba sucediendo. La llamada a su padre y a su suegra, según contó, también estuvo cargada de emoción.
Foto: Roberto “Ropero” Díaz, el más sonriente de los cuatro, y el mural fotográfico del Bar Conde a sus espaldas.
Pablo Wildau