Gente de Cole

“No queda otra que adaptarse y seguir adelante”

Francisco Gallardo, el canillita de Zapiola y Céspedes.

“Sacale una foto rápido, antes de que lo vuelvan a graffitear…” Francisco Gallardo, con una sonrisa no exenta de una cuota de ironía, festejaba que el puesto de diarios de Zapiola y Céspedes lucía recién pintado. Unas horas atrás, el histórico kiosco de Colegiales estaba en las mismas condiciones que tantos otros negocios porteños de este rubro: totalmente pintarrajeado con aerosol, ofreciendo una triste imagen al público en general. Durante años, el escaparate fue víctima de gente que se ensañó con él de tal manera, que ya daba pena. Pero tras algunas pasadas de verde oscuro, el viejo puesto pareció rejuvenecer.

Detrás de esta anécdota, existe una historia: la de una parada de diarios que en sus orígenes ni siquiera era un kiosco, sino un sencillo espacio, donde Beto –el padre de Francisco- y su socio Héctor, vendían periódicos junto a la puerta de una verdulería. A través de estas frases, Francisco recrea aquella circunstancia fundacional y opina sobre temas de mayor actualidad, incluido, el lavado de cara que acaban de darle al tradicional comercio.

“Ahora hay una casa de familia, pero en la esquina había una verdulería, allá por la década del Ochenta. Mi viejo y Héctor arreglaron con el verdulero y los dejaba ponerse junto a la entrada del local. Tenían un exhibidor en la pared, donde colocaban los diarios y las revistas. Al poco tiempo, instalaron el escaparate, que está a unos metros, sobre Zapiola, al lado de la parada del 168”.

“Fueron pasando los años, las décadas… Y si bien ellos continúan, yo me sumé. A las tres y media de la mañana suena el despertador.  A las cuatro llego. Los diarios ya están. Hago el reparto por el barrio y después abro el kiosco. Me quedo hasta la una. Este laburo es así, llueva, truene, haga frío o calor, tenés que salir al ruedo.  Los momentos más complicados son los de lluvia. Hay colegas que usan un piloto que los cubre, pero yo solo llevo paraguas. Prefiero mojarme. Eso sí, los diarios tienen que estar sequitos. También es necesario dormir una siesta. De lo contrario, no aguantás. Al menos, en mi caso”.

“En febrero vino una chica del Gobierno de la Ciudad. Me preguntó si quería que pintaran el puesto. Obviamente, contesté que sí. La verdad que no me gustaba trabajar de esa manera. Uno en su lugar de trabajo necesita sentirse bien, pero esto ya estaba lleno de graffitis. Completé una planilla y a esperar… Como transcurría el tiempo y no había novedades, yo mismo fui tocar puertas para que vengan. De no haber tenido resultados positivos lo hubiera pintado yo, pero finalmente llegaron. Quedó lindo. Esperemos que dure”.

El puesto de diarios recién pintado. En la foto principal, el entrevistado posa junto a él.

El puesto de diarios recién pintado. En la foto principal, el entrevistado posa junto a él.

“El próximo paso es hacer gestiones para que nos cambien el puesto. Este ya tiene sus años y el Gobierno de la Ciudad se encarga de ir renovándolos. Hay ciertos lugares que se van deteriorando, por ejemplo, ya no sé qué hacer para que los dueños de las mascotas no les permitan hacer sus necesidades acá. El pis de perro te arruina…”

“La realidad actual de una parada de diarios es muy diferente, comparada con la épocas donde no existía Internet. Con respecto a los periódicos de mayor venta, hoy por hoy se vende más o menos la mitad. Ese déficit tenés que equipararlo con otras cosas, como juguetes, discos, muñecos,  etc. Los domingos sí se vende bastante bien. Pareciera que a la gente le cuesta despegarse de las tradiciones de ese día: fútbol, asadito y el diario del domingo”.

“El sistema para tratar con los proveedores también cambió bruscamente. Ahora te tenés que manejar online: por mail, por whatsapp… No queda otra que adaptarse y seguir adelante, aunque a la gente de las generaciones anteriores, como mi papá o Héctor, que son los dueños de la parada, sí que se le complica con estos nuevos sistemas. Por eso la mayor parte del tiempo estoy yo”.

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