Domingo 13 de agosto, domingo de elecciones. Las PASO se palpitan en Colegiales así como muy probablemente, en numerosos puntos de la Argentina. Por eso, en la fila de Pastas Conde el tema no se hace esperar… Ocasionales compañeros de espera (una mujer de unos 45 años, un hombre de unos 35) se ponen a conversar sobre la votación. Los dos ya emitieron su sufragio; el diálogo, gira en torno a lo que tardaron en función del nuevo sistema electrónico para la Ciudad de Buenos Aires, que se agregó al tradicional con boletas de papel. Finalizado el objetivo en las urnas, también esta nueva espera, ahora, en el negocio, amerita un comentario de parte de los vecinos que “matan el tiempo” en la vereda.
Pastas Conde es uno de los tradicionales comercios del barrio. Más de cincuenta años hace abrió sus puertas, en Conde entre Federico Lacroze y Teodoro García. La larga fila que sale del local y se extiende por la cuadra –a veces hacia una esquina, a veces hacia la otra- ya es un clásico de los domingos. No sorprende, entonces, que pasado el mediodía, la gente aguarde su turno para adquirir las pastas del almuerzo familar. En esta ocasión, la fila apunta hacia la avenida, y las personas que la integran, son alrededor de veinticinco. “Yo vengo de Chacarita, por allá hay fábricas de pastas pero prefiero venir acá”, dice un hombre que elige el histórico comercio a pesar de la distancia y del tiempo que le insumirá la adquisición.

El interior del local, con un primer plano de los tallarines que aún quedan. En la foto principal, la larga fila en la vereda.
En forma paralela, hay otro grupito a la expectativa, en la puerta del negocio. Son los que hicieron el pedido con anticipación y sólo deben pasar a retirarlo. Sin embaro, ellos también deben armarse de paciencia, aunque aquí la tardanza es menor.
Adentro, detrás del mostrador, el matrimonio compuesto por Julio y Lila Medina, y su hijo Luis, trabaja a destajo, multiplicándose en la atención al público y demás tareas. “¿Qué más, Juancito?”, le pregunta Luis a un antiguo cliente. Casi en simultáneo le explica a alguien, que la cocción de los tallarines es de 5 minutos para que queden al dente, y que hasta los 8 minutos se pueden cocinar. Durante la breve conversación que mantiene con otro cliente, su mamá se ríe con ganas. A pesar del cansancio que según se intuye, los invade, se los nota de muy buen humor.
La hora avanza. A medida que eso ocurre, el stock de mercadería va achicándose. Es que más allá de la fama de la que goza, Pastas Conde no deja de ser un emprendimiento familiar, artesanal. Por ende, tiene sus límites. Cerca de la una, sólo hay fideos, aunque tampoco todos: los fusiles (o tirabuzones), por ejemplo, también se terminaron.
Luis sale a la calle a comunicarle la situación a la gente de la fila. Pero casi nadie –o nadie- se va. Son comprensivos y tienen esperanzas de llegar antes de que se acabe todo. Por más que el cartel del horario indique que cierran a las 13 hs, los Medina atienden hasta el último cliente o hasta que no haya más para entregar.
Por las elecciones, es un domingo atípico. Por otro lado, sin embargo, la incomparable costumbre dominguera de muchos vecinos de Colegiales y oros barrios, ha generado una escena repetitiva. La semana que viene, y la otra, y la otra, sin ir más lejos, volverá a repetirse.
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