Testimonio de Inés Wildau (cuarta parte).
A Moisés lo conocí en un baile de la colectividad judía. En ese momento no lo sabía, pero, muy jóvenes los dos, seríamos marido y mujer: poco después, yo me convertí en Inés Wildau de Hamú. Aquel baile donde nos conocimos se hizo en la Comunidad Lamroth Hakol. Yo fui con mi amiga Marion, que ya estaba saliendo con León, el hermano de Moisés. Ahí nos presentaron y enseguida nos pusimos de novios. Él estaba haciendo el servicio militar en Campo de Mayo. Tenía 20 años. Yo, 17… Moisés vivía junto con sus padres y sus cinco hermanos menores en una localidad del oeste del Gran Buenos Aires de nombre Mariano Acosta. Había nacido en Sauce, un pueblo bastante grande de la provincia de Corrientes. Es decir que durante nuestras respectivas infancias fuimos vecinos de provincia: él, correntino, yo entrerriana. Años después, él y su familia se trasladaron a esa localidad bonaerense mientras nosotros también dejamos la Colonia Avigdor.
Mientras trascurría el noviazgo con Moisés, yo seguía viviendo con mis padres y mis dos hermanos en Olivos. Si bien nuestros hogares estaban en el Gran Buenos Aires, Olivos y Mariano Acosta no quedan cerca. Y la distancia se sentía en aquella época mucho más, porque no existían las autopistas y tampoco teníamos movilidad propia. Nos manejábamos tomando trenes y colectivos.
Más o menos un año después nos casamos. La ceremonia religiosa fue en el tempo de la calle Piedras, en la Ciudad de Buenos Aires, una de las primeras sinagogas de Argentina. La fiesta la hicimos en el salón de una comunidad judía de la calle Gorriti –en el barrio de Palermo-, en la cual mis padres también tuvieron la concesión de un buffet. No nos fuimos de luna de miel. La plata no nos alcanzó para tanto. Moisés era obrero gráfico. Trabajaba en un taller que a su vez estaba contratado por el diario Crítica, que en su momento llegó a ser uno de los periódicos más importantes del país. Más adelante Crítica cerró y el mismo taller donde estaba Moisés, siguió trabajando para el diario Clarín.
Cuando nos casamos, el 28 de febrero de 1959, nos fuimos a vivir a la casa de mis abuelos maternos, en Pilar, otra localidad del Gran Buenos Aires, en este caso, en la zona norte. La casa era grande, con un terreno muy amplio. No nos faltaba comodidad y la relación con mis abuelas era excelente. A Moisés lo querían mucho. Y él a ellos. Recuerdo esta hermosa anécdota: mis abuelos vinieron a Argentina de grandes y les costó adaptarse al idioma, hablaban castellano muy pero muy poquito. En cambio mi marido, de idioma alemán… nada de nada. A pesar de las aparentes dificultades para comunicarse, no sé cómo hacían, pero se entendían bárbaro.
Para ir a su empleo Moisés se tomaba el tren en la estación Pilar. El viaje duraba cerca de una hora, bajaba en Retiro y caminaba hasta la planta gráfica, que quedaba cerca de la terminal de trenes. Por mi parte, era ama de casa. Y a casi diez meses después de habernos casado, el 22 de diciembre de 1959, nació Susana Beatriz, la que sería nuestra única hija, y a la que en realidad, mucho más que por su nombre, en la familia se la conoció por su apodo: Pupi.
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