El 11 de junio, María Leonor Ramírez Novas cumplió 89 años. Nació en Concordia, Entre Ríos, pero lleva ya un largo período como vecina de Colegiales, pues vive en la calle Conesa, en proximidades de Federico Lacroze. Hace unas semanas, fue ella misma quien se comunicó telefónicamente con este medio barrial. Tras presentarse de manera muy cordial, hizo saber su interés por la posibilidad de que fueran publicados algunos de los numerosos relatos que escribió a lo largo de los años. Es que la vecina, escritora y poeta, ha participado en concursos literarios. Parte de su prolífica obra fue publicada en el libro Recuerdos y Sentimientos, del cual es coautora junto a José Mandarino Silva.
Días después de aquella primera comunicación, un envío llegó a nuestra redacción. Era una bolsa que entre otras cosas, contenía dos ejemplares del mencionado libro. Había también otro libro publicado en 2004 por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, denominado “Vivencias de Buenos Aires V. Los grandes cuentan la historia”: una recopilación de cuentos y poesías, publicadas luego de un concurso literario del que participó María Leonor. Además, algunos folletos daban cuenta de su participación en otros certámenes literarios. El envío contenía una carta prolijamente manuscrita. En ella, la señora se presentaba como “una vecina de nuestro hermoso barrio de Colegiales” y manifestaba “el deseo de que considere contarme entre sus colaboradores”. “Soy una persona mayor y por eso mi participación podría ser a través de las líneas que escribo”, señalaba en la misma carta. Casi simultáneamente, por correo electrónico arribó otro mensaje de María Leonor, cuyo contenido, no era otro que el de los relatos que había anunciado en la nota manuscrita. Y por cierto, en abundante cantidad.
A continuación, trascribimos dos de ellos, con la satisfacción y la expectativa de que con el correr de las semanas, más de sus textos puedan conocerse por intermedio de nuestro contacto cotidiano con los vecinos.
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Es un apacible día de verano, estoy leyendo en el comedor de la casa de mis abuelos, ubicada en el medio de una enorme extensión de campo.
Cuando ellos llegaron al país como inmigrantes, eligieron sembrar la tierra y con mucho esfuerzo compraron esa granja. No era fácil la provisión de agua, el arroyo corría lejos, hasta que pudieron adquirir el molino de viento.
Dejo el libro y presto más atención a ese ruido monótono que se produce cada cinco minutos, la ventana está abierta y las aspas del molino giran al menor soplo del viento. ¿Es un motor el que escucho…?? Si, es el que funciona automáticamente y eleva el agua al tanque, colocado en el techo de la casa para abastecer todas las necesidades.
Dejo vagar mi pensamiento y aunque ya no están, hablo mentalmente con mis abuelos, ¿Se imaginarían ellos este adelanto cuando tenían que traer agua del arroyo hasta para el riego del campo?? Gracias abuelo por la hermosa herencia de tierra que nos dejaste.
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Plena ciudad, altos edificios, calles adoquinadas o asfaltadas, veredas, algunas con lugares con tierra donde árboles enormes miran al cielo buscando luz, sol, en medio de los gigantes de cemento.
Hace frío, tengo cerrada la ventana, pero aún así, escucho el ruido monótono de un motor que cada cinco minutos pareciera que descansa.
Curiosa abro la ventana, ese ruido proviene de la máquina que manejada por una persona, está rompiendo la vereda, haciendo una profunda zanja, donde tendrán que pasar los nuevos caños, ya sea de agua, de gas o de teléfono.
El modernismo trae algunos problemas, pero me alegro que ahora ese enorme esfuerzo, que antes era hecho por una persona con la máquina manejada por sus manos, ahora se pueda reemplazar por ese motor. Cierro la ventana y ahora pienso, en cuántos otros oficios fue reemplazado el trabajo manual por el de una máquina. El mundo avanza, pero, en todos esos avances está lo que nunca se podrá reemplazar, la mente del hombre.
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