Gente de Cole

Colegiales y sus personajes

Hoy: Domingo Biscione.

Domingo Biscione, quien durante décadas fue el emblemático utilero del Club Deportivo y Social Colegiales —la señera institución del barrio porteño homónimo, ubicada en la calle Teodoro García—, falleció hace algunos años, poco antes de cumplir 100 años. Su partida dejó una huella imborrable en la memoria de quienes lo conocieron y compartieron con él los pasillos, canchas y rincones de ese club que fue, sin exagerar, su segunda casa. Este artículo recopila algunas de las aristas más destacadas de una vida rebosante de amor, compromiso e identificación con la institución y el barrio de Colegiales.

Hijo de inmigrantes italianos, Domingo nació en 1923. Solía decir con orgullo que era “cinco años mayor que el club”, una frase que repetía cada vez que podía, como una especie de sello personal que le gustaba compartir con quienes se tomaban un minuto para escucharlo. Tenía una hermana y pasó gran parte de su infancia, adolescencia y juventud en la esquina de Palpa y Freire. De aquellos años solía evocar recuerdos pintorescos, como cuando relataba: “Esto era casi todo campo. Vos te parabas mirando para un lado y veías hasta Chacarita; girabas la cabeza y veías hasta Cabildo”, contaba en una entrevista que el director de este medio le hizo con motivo de su cumpleaños número 90.

En 1950 se casó, y durante un tiempo vivió con su esposa en Villa Urquiza. Sin embargo, tras la muerte de sus padres, decidió volver a su casa natal, ese espacio que conservaba la memoria viva de su historia familiar. Junto a su esposa tuvo dos hijos, Miguel y Griselda. La vida le daría un golpe duro en 1974, cuando su compañera falleció. A partir de entonces, Mingo —como lo llamaban cariñosamente todos— vivió durante muchos años en un modesto departamento de un ambiente, ubicado en la esquina de Conde y Lacroze. “¿Para qué quiero más? Si no estoy nunca. Prácticamente todo el día me la paso en el club”, señaló en aquella nota.

Su relación con el Club Colegiales tomó un giro definitivo cuando su hijo tenía apenas nueve años. Fue entonces cuando lo llevó por primera vez a jugar al básquet. Lo que comenzó como un simple gesto paterno, se transformó en un lazo indestructible. Desde ese día, Mingo no se alejó jamás del club. “Ahora soy socio honorario, pero tengo que reconocer que al principio no le daba mucha bolilla. Ni siquiera me gustaba el básquet. Yo era más del fútbol, por eso también soy hincha del Colegiales que está en Munro, pero que nació acá cerquita”, explicó.

Su hijo jugó tanto en Colegiales como en YPF, donde compartió equipo con Osmar Sarmiento, quien años después sería presidente y tesorero del club de Teodoro García. “Yo primero fui delegado de mini, después de primera… Así la ente del básquet me empezó a conocer. Y a lo máximo que llegué fue a estar en la mesa de control en la final del Mundial 90, que se jugó acá en la Argentina”, contó con un orgullo.

En lo laboral, Mingo fue medidor de maderas, como parte de una pequeña empresa que tenía junto a otros tres socios. Más tarde, fue empleado en una casa de maderas ubicada en Federico Lacroze y Álvarez Thomas. Al llegar la jubilación, encontró el tiempo y la tranquilidad necesarias para volcarse de lleno ql club. Se convirtió en utilero, cargo que ejerció con total dedicación, esmero y compromiso. Pero su rol excedía cualquier título: era un referente, una figura querida y respetada.

En la mencionada entrevista con Mingo compartía también esta reflexión sobre su salud: “Estoy bien. Me tengo que cuidar en las comidas, no comer tanto picante. También tengo un dolorcito en una pierna. Pero ando fenómeno. Esto debe ser de familia, porque mi papá y mi abuelo también vivieron hasta muy grandes. El viejo no tenía ni dientes y seguía comiendo asado…”, relataba con humor, demostrando que el paso del tiempo no le había quitado la vitalidad ni las ganas de vivir.

Domingo Biscione fue mucho más que un utilero. Fue parte del alma del Club Colegiales, un vecino entrañable del barrio, un ejemplo de pertenencia, humildad y trabajo silencioso. Supo ganarse el cariño de generaciones enteras y probablemente haya dejado una marca profunda, no solo en las instalaciones del club, sino en el corazón de quienes lo conocieron.

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