Las caminatas por Colegiales tienen un sabor especial cuando uno nació en este barrio y continúa viviendo dentro de sus cálidas fronteras. A continuación, un resumen de lo observado durante algunos días por el barrio y sus alrededores.
Uno de los lugares que me llama la atención es la plazoleta de Santos Dumont y Álvarez Thomas. Es el único espacio recreativo del barrio que todavía conserva su suelo de arena, ese que para muchos fue sinónimo de infancia. Las demás plazas han sido reformadas, y con esas obras también se fue la arena, reemplazada por nuevos materiales. Pero este rincón resiste, como si se negara a dejar atrás la memoria de los juegos más simples.
Pasando por Federico Lacroze y Conde, me encontré con una obra que ya lleva varios meses y que, según parece, está por llegar a su fin. En la esquina se prepara la apertura de una nueva concesionaria de autos. Ante había un bazar, que se mudó unos metros hacia la esquina de Martínez, por la misma avenida.
No todo es nuevo ni brillante. En Zapiola y Teodoro García vi una escena que, lamentablemente, se repite en muchos puntos: basura desparramada junto a los contenedores. La imagen es desalentadora y no hace falta ir muy lejos para encontrar situaciones similares. El Gobierno de la Ciudad ya anunció que aplicará multas, pero queda por ver si eso será suficiente para generar un cambio real.
También pasé por el puente peatonal de Zabala, ese que cruza las vías del tren Mitre. Durante algunas semanas estuvo cerrado por obras de pintura. Volvieron a usar los mismos colores, por lo que a simple vista parece el mismo de siempre. Pero ahora luce renovado, más prolijo. Ya se puede cruzar sin problemas.
Colegiales está cambiando. Pero también resiste. Más allá de su transformación y su identidad que de a poco va mutando, caminar el barrio sigue siendo un deleite.
Foto: la plazoleta de Santos Dumont y Álvarez Thomas.
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