Barrio Mío

Therians en el Parque Ferroviario

Hasta ahora, supe de los therians por lo que vi o escuché en los medios, pero no me tocó ver uno en vivo… Hasta hoy. Aunque en realidad, eran dos. Caminaba este mediodía por el Parque Ferroviario cuando los divisé, a unos 20 metros de distancia. Una chica de unos 16 o 17 años corría por el pasto como si fuera un perro. Llevaba una cola de perro, de color marón claro, de 20 cm de largo aproximadamente, y una máscara. Muy cerca, sentado junto a un árbol, casi en el límite del Parque con el terreno que comunica con las vías, la esperaba un niño de 10 u 11 años, tal vez. También tenía cola pero en vez de máscara, por lo que pude distinguir a la distancia, sólo contaba con una nariz perruna. Me acomodé un rato en el césped, en las inmediaciones de Moldes y Teodoro García. En tanto, ellos se quedaron varios minutos sentados junto al árbol. El chico enfocaba  a la adolescente constantemente con un celular. La estaba filmado. Pronto dejaron su ubicación y fueron a sentarse a otro lugar, entre unos arbustos, más cerca de la vereda de Moldes. Ella cruzó el camino central del Parque, corriendo “en cuatro patas”; él, caminando a paso rápido. Y allí permanecieron por otro buen rato, sin abandonar la costumbre de grabar, por parte del niño.

Hasta el momento, la indiferencia de los vecinos era lo predominante. Había gente corriendo, caminando, paseando a sus perros… Sin embargo, ante la cercanía de un grupo de canes, y en particular de uno negro que comenzó a ladrarle, la therian adoptó una actitud sorprendente: colocándose en cuatro patas, respondió a los ladridos… ¡con más ladridos! Y así, frente a frente y separados por unos dos metros, ladrido va, ladrido viene, estuvieron más o menos un minuto. Se hacía difícil comprender si la chica intentaba entablar una relación amistosa para con el animal “verdadero” –me inclino por esto- o si lo que deseaba era demostrar una actitud agresiva. Había algunos adultos contemplando la extraña situación, aunque ninguno intervino. El momento de tensión cesó cuando, en forma no menos sorpresiva, la adolescente se incorporó y parándose sobre sus dos piernas, se quitó su careta. El perro siguió ladrando durante unos segundos. Entonces, se escuchó la voz de una mujer, que intentó tranquilizar al perro: “Ya está, ya se sacó la máscara”.

A continuación, la chica alternó momentos “therian” con otros donde volvía a sacarse la careta y la cola. A todo esto, el niño seguía filmándola. Poco después,  me fui del Parque. Ellos seguían allí. Al oír sus voces a lo lejos, descubrí que no hablaban en español. El idioma en el que se comunicaban parecía ruso, lo cual no es extraño, ya que a Colegiales, hace unos años, comenzó a llegar gran cantidad de gente de esta nacionalidad, tras el inicio del conflicto bélico con Ucrania (también arribaron numerosos ucranianos).

Me hubiera gustado sacarles una foto con el teléfono para ilustrar esta nota, pero no me atreví. Creo que no hubiera sido correcto retratarlos desde lejos. Tampoco se me ocurrió pedirles que posaran con el objetivo de escribir un artículo sobre ellos. Entonces, simplemente, obtuve una fotografía de la zona del Parque Ferroviario por la cual se movían, estando ellos a un costado. Y es, precisamente, la imagen que encabeza estas líneas.

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