Gente de Cole

Eduardo Blanco: “Colegiales me encanta”

Escena 1

Año 1987. Bar Conde. Un hombre empuña el auricular del teléfono público de color naranja, ubicado junto a la puerta del histórico reducto de barrio. Introduce los cospeles. Disca el número. “¡Nació Sebastián!”, le dice, emocionado, a quien escucha de otro lado del auricular. La secuencia se repite más veces. Es que el joven actor, debe comunicarle a parientes y amigos la buena nueva: acaba de nacer su hijo en la Clínica Lacroze, situada a media cuadra del bar, entre Conde y Martínez. El esfuerzo del flamante papá se redobla para hacerle llegar la noticia a sus seres queridos. Las comunicaciones, desde la perspectiva actual, son absolutamente precarias: el teléfono celular nadie lo tiene en la Argentina todavía, y falta cerca de un cuarto de siglo para que la gente comience a usar el Whatsapp.

Escena 2

Corre 2007… Sebastián ya anda por los veinte años y su padre se ha consolidado en la carrera actoral. Trabajó en teatro, televisión, cine… Ahora está buscando casa para mudarse. “Papá, hay un departamento en Conde y Lacroze. ¿Por qué no vas a verlo?”. El hombre acepta la sugerencia. Tiempo después, está instalado en su nuevo hogar. Y pensar que dos décadas atrás, estaba parado a metros de ese mismo sitio, pero en una situación tan diferente. Las vueltas de la vida, hicieron que aquel niño que había visto la luz en la hoy desaparecida Clínica Lacroze, ya siendo adulto, le recomendara al papá un lugar para vivir, a sólo unos pasos de donde él había nacido.

Escena 3

Año 2024. Caluroso mediodía de enero. Un hombre llega en bicicleta al restaurante del Centro Montañés. Se sienta a una de las mesas, pide un cortado y se dispone a charlar con este medio periodístico. Sí, Eduardo Blanco, el mismo protagonista de las escenas 1 y 2, también interviene en la 3. Habitante de Colegiales desde aquel 2007, pero con un pasado ligado al barrio más allá de su domicilio actual. El nacimiento de Sebastián –radicado en Madrid, España- es sólo uno de los ingredientes. También cuenta el hecho de haber filmado El Hijo de la Novia (2001) –notable película del cine nacional- en el mismo restaurante en el que se halla en este momento. Luna de Avellaneda (2004), otra gran obra con escenas rodadas en el barrio (en el Club Colegiales, de la calle Teodoro García, específicamente), también lo tuvo en su elenco.

Entre recuerdos y opiniones

“Colegiales me encanta. Es pequeño, tranquilo y está lleno de vida al mismo tiempo”, dice Eduardo, quien desarrolla un papel protagónico en la obra teatral Parque Lezama, junto a Luis Brandoni. “Ahora estamos sólo dos veces por semana, bajamos la frecuencia porque hay un proyecto para hacer una película de la misma obra. Pero hasta marzo, seguimos así”, informa, acerca del exitoso espectáculo que se puede ver en el Teatro Politeama (Paraná 353) y cuyo director es Juan José Campanella.

Eduardo es un vecino como tantos: va a hacer las compras, cuando las circunstancias lo permiten se sienta en un bar, come en un restaurante… Dice que intenta usar poco el auto, apelando a la bici o a la caminata. “Trato de hacer todo el ejercicio que puedo”, comenta.

En medio de estas incursiones barriales, no es extraño que de vez en cuando reciba el clásico pedido de fotos o el saludo cordial del vecino que se lo cruza.

El diálogo vuelve a posarse en sus trabajos en el barrio: “Sí… Esas son películas que quiero mucho”, desliza, en referencia a Luna de Avellaneda y El Hijo de la Novia. Recuerda, además, que alguna escena de El mismo amor, la misma lluvia (1999) también fue rodada en Colegiales. Campanella fue su director, al igual que Parque Lezama y las dos películas recién mencionadas.

De vuelta en el día a día, hace hincapié en lo mucho que le gusta Colegiales. Y demuestra estar al tanto de su problemática, a propósito de cómo está cambiando su fisonomía a causa de la construcción. “Como vecino, no me agrada que se llene de torres, pero no soy de los que critican por criticar ni por el color político del gobierno de turno. Así como esto no lo veo bien, también te digo que hay cosas que me parecen excelentes. Cómo han arreglado la calle Crámer, por ejemplo, está bárbaro… Toda iluminada, cuando eso antes era una boca de lobo. Creo que cambió y para bien”.

Ha transcurrido casi una hora de charla. Eduardo, acepta la pose para la foto y se despide. Va a buscar su bici al patio del club, se sube y se aleja por Jorge Newbery. Y allá, a lo lejos, en lo que podría rotularse como la escena número 4, su silueta va perdiéndose por las callecitas de Colegiales.

Foto: Eduardo Blanco, durante la entrevista, con un ejemplar de la revista La Voz de Colegiales.

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