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El hijo del vecino y…

EL QUE CONSTRUYÓ TODO

El hijo del vecino (*) estaba de vacaciones. Bastante cansado de la vida ajetreada que llevaba en la ciudad, eligió irse con su familia, a un sitio muy alejado de la zona urbana. Sin torres ni cemento, por unos días se desconectó y estuvo en contacto con la naturaleza en estado puro, contempló el amanecer y el atardecer, y por las noches, observó la inmensidad del cielo con sus incontables estrellas. Además interactuó con animales y vio aves que ni siquiera conocía por la televisión o por internet. El hijo del vecino, impactado por el cambio, se replanteó: ¿quién es el autor de todo esto? Gracias a sus vacaciones en el campo, se sintió muy cerca de Dios.

A los que han vivido mucho tiempo en una gran ciudad, por lo general, les cuesta creer… Rodeados siempre de elementos que han sido hechos a partir del trabajo del hombre, el máximo contacto que tienen con la naturaleza, a veces, es estar en un parque donde hay algunos árboles y pájaros. Por lo tanto, de manera inconsciente también suelen caer en la falsa sensación de que no existe un creador más allá del ser humano.  Pero basta con que en algún momento esa persona tenga la posibilidad de estar frente a una puesta de sol en una playa silenciosa, para que muchos pensamientos pasen por su cabeza; para que quizás entienda que el hombre no es el constructor de todo ni el azar el fabricante de este maravilloso universo.  Y que, al igual que el hijo del vecino, se pregunte: ¿es posible que exista semejante diseño sin un diseñador?

Dice la Biblia:

Porque toda casa tiene su constructor, pero el constructor de todo es Dios. Hebreos 3:4.

PRINCIPIO Y FIN

El hijo del vecino (*) le preguntó a su mamá: “¿Cuándo nació Dios? ¿Y cuándo se va a morir?”  Ella tragó saliva y se preparó para contestar. Su hijo, de ocho años, trataba de obtener una respuesta que muchos a su edad también desean. Pero un interrogante de tal magnitud, no se limita a la infancia. Jóvenes y adultos tampoco son indiferentes a esta duda existencial que el ser humano no puede desentrañar.

La vecina respondió: “Dios no tiene principio ni final”. Su hijo escuchó y nada dijo. Minutos después, volvió a la carga: “Eso no puede ser, mami…” La señora, se dio cuenta de que no sería tan sencilla su tarea de explicar lo que a las personas nos resulta inexplicable. A los seres humanos nos cuesta muchísimo hacernos a la idea de que algo nunca comenzó y nunca va a terminar. Nuestra mente limitada se resiste a comprender semejante concepto. Tal vez, sea este uno de los problemas más grandes que se interponen cuando buscamos a Dios: cómo no se puede concebir que siempre existió, que “nunca nació y nunca morirá”, esto también trae dificultades a la hora de creer en Él.

La vecina trató de darle a su hijo un ejemplo terrenal, para que consiga entender que lo infinito sí es posible: “Pensá en los números. Si yo me pusiera a contar ahora y tuviera tiempo para hacer sólo eso todos los días, igual no me alcanzaría la vida. Los números siguen y siguen. No tienen ni principio –porque también los hay antes del cero- ni final. Hasta a mí, que soy grande, me parece increíble que esto sea real, pero sí, lo es”.

Hay misterios que nuestro corto razonamiento son incapaces de resolver. Pero no por eso, nos pongamos un freno a la hora de creer. Dios es infinito. No está encerrado dentro de los límites del tiempo y el espacio. No tuvo principio ni tiene fin. Y, por más que nos parezca increíble, tampoco tiene final la vida eterna que nos ha prometido si no lo rechazamos.

Dice la Biblia:

Señor, a lo largo de todas las generaciones, ¡tú has sido nuestro hogar! Antes de que nacieran las montañas, antes de que dieras vida a la tierra y al mundo, desde el principio y hasta el fin, tú eres Dios. Salmo 90:1.

(*) En Colegiales o en cualquier rincón del mundo… El “hijo de vecino” podrías ser vos, yo, o cualquier hijo de vecino.

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