Columnas

El hijo del vecino y…

LA SUPUESTA IGUALDAD.

El hijo del vecino (*) iba a la escuela. Allí escuchaba de parte de los docentes un mensaje que apuntaba a que no había que valorar a las personas por lo que tienen sino por lo que son. Pero en la teoría no pasaba lo mismo que en la práctica. Luego de pensarlo bastante, el hijo del vecino se fijó en que en la gente –incluso los mismos docentes- ponían más atención en un determinado grupo de personas. Unos parecían ser más importantes que otros: el rico que el pobre; el que iba en auto al colegio, que el que viajaba en colectivo… Con las características físicas o de carácter, sucedía algo similar: por lo general el que más hablaba era más popular que el callado; y el más atlético, alto o de mayor fortaleza física, estaba considerado como “superior” al menos corpulento y no tan deportista. El  “lindo” tenía éxito por sobre el “feo”…

Con el tiempo, comprendió que para la sociedad “no somos todos iguales”, a pesar de que de la boca para afuera muchos digan lo contrario. También entendió que había un valor fundamental, y que no le habían dicho que existía. Ese valor era la fe. El hijo del vecino supo cierto día, que hubiera ganado un tiempo precioso, si hubiera puesto el foco en ella, en vez de preocuparse por tantos asuntos que si bien aparentaban ser tremendamente importantes, solo eran superficiales. Y en lugar de tratar de agradar a las personas intentando mostrar cosas que no tenía, trató de seguir creciendo en la fe, para agradar a Dios, aquel para el que verdaderamente somos todos iguales.

Dice la Biblia:

¿Qué busco con esto: ganarme la aprobación humana o la de Dios? ¿Piensan que procuro agradar a los demás? Si yo buscara agradar a otros, no sería siervo del Mesías. Gálatas 1:10.

EL TELEVISOR.

El televisor estaba encendido en gran parte del día. En su hogar, los canales de noticias gozaban de un espacio preferencial. Así, cuando se iba a dormir, el hijo del vecino había incorporado a su cerebro horas y horas de corrupción política, delincuencia, accidentes de tránsito, crecimiento de la pobreza. Él deseaba enterarse lo que pasaba en su país y en el mundo. Pero no entendía que de tanto “saber”, además acumulaba enojo, frustración y desesperanza en iguales o mayores proporciones. Quizás no se daba cuenta (o no quería hacerlo) de que muchas de las noticias que veía, se repetían en forma constante, y que mirando uno o dos resúmenes diarios, habría podido informarse de igual y así evitar la abundante mala sangre que se hacía.

Muy cerca de donde el hijo del vecino (*) tenía su fuente de información, “descansaba” un ejemplar de la Biblia, el sitio que habla del ser humano a partir de su creación, de su fracaso desde tiempos remotos (ese mismo fracaso que reflejaba la pantalla del televisor), pero también, de la esperanza que aguarda a todos los que deciden aceptar su mensaje. Paradójicamente, el hijo del vecino elegía el “bombardeo” informativo y rara vez se acordaba de ella.

Dice la Biblia:

(Dijo Yeshúa –Jesús-): El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán. Mateo 24:35.

(*) En Colegiales o en cualquier rincón del mundo… El “hijo del vecino” podrías ser vos o yo. O cualquier hijo de vecino.

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