Columnas

Bien de familia

…Y como cierre al generoso aporte de Carmen, ha quedado su propia historia familiar. Cierto es que los Ronseblatt y los Wildau no tienen parentesco alguno, pero lo vivido por sus antepasados, constituye una muestra de lo que –a fines de conservar sus vidas-, soportaron cientos de miles de exiliados, quienes obligadas a abandonarlo prácticamente todo, fueron en busca de lejanos horizontes y costumbres desconocidas.

“Paso a relatar un poco la historia de mi familia. Pero, ¿cómo resumir lo sucedido en más de ochenta años? Esta, es un poco la historia de Colonia Avigdor. Entre las diez primeras familias que llegaron, estaban mis abuelos paternos, los Rosenblatt, con sus dos hijos varones, de 17 años -mi papá-, su hermano –de 21 años-, y su esposa. Antes de avanzar, explico: ¿por qué con 21 años y esposa? Resulta que entre los puntos de exigencia de la JCA, figuraba el que tenían que ser cinco personas las integrantes de una familia a colonizar, en condiciones de realizar los trabajos. Ellos eran solo cuatro. Entonces, ¿qué hacer? El mayor debía casarse, pues era la manera de salir de Alemania y además, de salvar a la chica, quien más adelante pudo hacer también la ‘llamada’ para su mamá, su única familiar. Ellos provenían del pueblo Zimmersrode del Bez, Provincia de Kassel”.

“Por otra parte, en marzo de 1937, llegaron mis abuelos maternos, los Plaut, con sus tres hijos, entre ellos, mi mamá, de 16 años. Provenían de la misma zona, de otro pueblo denominado Frielendorf. Y como ambos jefes de familia –mis abuelos- se dedicaban a lo mismo, que allá se denominaba vieh-handler (comerciante en ganado) se conocían entre sí… Ese oficio, los ayudó también en sus comienzos… Por averiguaciones de mi mamá, se supone que los ancestros, vivían en Alemania desde los tiempos de la Inquisición…”

“Mis padres se conocieron en la Colonia y se casaron en 1944. Mis abuelos maternos, se quedaron trabajando el campo, ayudados por el hijo varón, que era el único que estaba soltero. En 1947, este hijo decidió junto a ellos –mis abuelos maternos- abandonar Avigdor. Tomaron tan drástica decisión, ante la llegada de una plaga de langostas que arrasó totalmente con el sembrado, que representaba el sacrificio de todo un año de trabajo y la esperanza de pagar deudas a la JCA por el arriendo del campo, deudas de alimentación en la Cooperativa a cuenta de la cosecha, etc. El joven –mi tío- dijo: “Acá no me quedo”. Y con el apoyo de sus padres, que tenían parientes en Estados Unidos, pidieron que les hicieran la ‘llamada’. Y se fueron, dejando a sus dos hijas ya casadas, con una nieta de dos años (yo) y otra de un año, de la otra hija. Quedaron de acuerdo que para cuando los padres y el hermano se establecieran en Estados Unidos, las dos familias de Avigdor también iban a emigrar para estar juntos… Pasados los años, las cosas iban mejorando, se iban apegando a la tierra, a la Colonia, a sus trabajos, y… resultado final: no se fueron. Yo nunca más vi a mis abuelos maternos… Mi mamá, luego de casi 30 años, pudo viajar a visitarlos, aunque solo vivía la madre, de su padre visitó la tumba… Esta es una más de las tantas historias de los judíos desparramados por el mundo…”

“Con respecto a mi familia paterna, mis abuelos se fueron de esta vida (están enterrados en el Cementerio de Avigdor) y mi papá siguió firme, trabajando la tierra, muy aquerenciado, pero lamentablemente falleció temprano, a los 58 años… Para ese entonces yo ya me había casado con Abraham Isaac Kogan,  también hijo de colonos de Avigdor, y por consiguiente conocedor de los trabajos rurales. Y así seguimos, trabajando y viviendo aquí, aunque no en la zona más poblada, sino en el campo”.

“Por último, quiero recalcar la generosidad de la República Argentina, al abrir sus puertas a los extranjeros perseguidos en Europa. Mi homenaje al Barón Mauricio de Hirsch, a los pioneros de Colonia Avigdor, y un agradecimiento a mis compañeros que siguen viviendo en la Colonia y cuidando su historia”.

Pablo Wildau

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