Gente de Cole

«Villamil»

Por Marisol Jaime (*)

Deben ser más de las doce y media y está a punto de tocar el timbre que me libera de esta cárcel con forma de Instituto o Patronato, ya no sé.
Detesto el jumper, los zapatos, la corbata y en medio de mi aletargamiento, solo pienso en la salida. Esa libertad con gusto a amor, con gusto a ella, a mi abuela. En ese año, 1991, una podía decirle a la directora: «en la esquina me espera mi abuela». Y te dejaban salir, mirándote haciendo visera con la mano derecha.
Y justo ahí, en esa esquina de Federico Lacroze y Conesa, aguardaba sosteniendo una bolsita. Corría, todo lo que podía, con todas mis fuerzas, para abrazarla, para sentir su ropa en mi cara, su perfume. Ella, por supuesto, me reclamaba que no corriera que me podía caer, que los zapatos podían romperse y más alegatos. Cruzamos la calle Conesa y ha esperar hasta la una por mi hermano que venía de otro colegio, el Virgen del Valle, a unas pocas cuadras, por Jorge Newbery. Y acá comienza la forma en que comencé a visualizar escenas. Relatos. Yo lo sentía, de verdad. Nada era fingido. Antes mencioné que me esperaba con una bolsita.
Mi abuela, previa a mi salida de la escuela, compraba en el almacén Villamil de esa característica esquina Lacroze y Conesa, un juguito de naranja o manzana y me hacía un sanguchito para aguantar el hambre hasta la llegada de mi hermano. Hacíamos ese tiempo a escasos metros del almacén, sobre Conesa y ella siempre me remarcaba que ese lugar era nuestro restaurant, que nunca lo olvidara cuando sea grande y pasara por allí. Más equitativa con lo que cuento, me decía: «esta es nuestra confitería». Y sin dudarlo, yo lo creía, estaba en un accidentado primer grado y siempre amaba sus narraciones, la forma de describir, tanto tanto que me imaginaba las mesas, los mozos y todo el movimiento habitual de una casa de comidas. Y cada día ocurría lo mismo, el aplastamiento, en esa aula, de la creatividad, la práctica de que a partir de primer grado ya no se jugaba más sino que ahora había que ser responsable y por otro lado, esa esquina, cabal, donde sucedía toda la ficción que mi pequeña mente podía fantasear.
El almacén / bar, con doble entrada no era muy lindo. Del lado del bar, sobre Lacroze, una entrada. Y por Conesa, el almacén con cajas amontonadas, desparramadas y con un olor a encierro insuperable. Sin embargo, no lo veía así. Nunca pude verlo así, descarnado de ilusión, sino que era el más fino de los restaurantes. Aunque me pasaba algo digno de contar: sin mi abuela Villamil no era nada. Ese comercio de barrio no significaba nada sin ella. Era solo una fachada enrejada donde se veían latas de galletitas dulces, botellas y una caja donde pagar. En cambio, cada mediodía ese lúgubre espacio para mis ojos rebosaba de color y luminosidad.
Desde ese año, desde 1991, como se lo prometí, jamás tengo la distracción de que en esa esquina funcionaba nuestra confitería. Han pasado muchos años, tantos que tengo canas y veo mucho menos, no puedo recuperar ese resplandor que me regalaban mis ojos y que lo desastroso lo volvía alegre.
Paso siempre que puedo por esa esquina en un barrio vuelto patas para arriba, me cuesta reconocer espacios, donde estaba el almacén ahora hay una heladería con mesitas afuera. Me detengo a mirar. Observo y me cuesta encontrar ese comercio. Cierro los ojos, adentro un fuego me ayuda, el corazón me avisa, me trae imágenes, ahí está Villamil, ahí voy corriendo en busca de su abrazo, en busca de sus historias, cruzamos la calle y desembolsa lo de siempre, mi menú preferido, el juguito, el sanguche y su ritual discursivo: «acordate, siempre que esta es nuestra confitería». Sí, le digo, nunca lo voy a olvidar. Y así me pasa, sola o acompañada, suelto al viento que en este lugar se encontraba mi primer negocio simbólico con mi abuela.
Escucho por lo bajo que alguien me dice:
– ¿Buscas un lugar? Hay mesas adentro también…
– No, no, gracias, solo pensaba en que alguna vez este lugar fue mío.
La chica no entiende lo que le digo. Espera que le reponga más información. No lo hago. Me corro unos metros más hacia la calle Conde. Ahí donde era de verdad nuestro restaurante, junto a un incipiente arbolito. Abrigo una emoción incontrolable en mi garganta y ojos, vuelvo a bajar los parpados y me deja a oscuras. Aunque ahí está ella, mirándome comer, contándome como es nuestra confitería por dentro, en lo que quisiera comer mañana, también veo venir a mi hermano corriendo por la vereda de Conesa, intuyo que él, del mismo modo, se apura con los pies para darle ese abrazo tan esperado.
Vuelvo a ver autos que pasan, ahora con la ayuda de unos lentes, gente apresurada, lo advierto pero no le presto atención, pienso que la vida me agobia en muchas oportunidades, que el mundo es tan pesado y que en ese rincón, se lavaban, mejor escrito, mi abuela me quitaba las tristezas. Muchas veces quisiera pasar por ahí, encontrarla y como hacen con los autos en esos lavaderos con esas maquinas quiero que esos cepillos gigantes me depuren un poco el alma.
La extraño tanto me digo, que la busco en esos huecos, como en esta esquina, trato de recomponer su voz, cierro los ojos porque ya no puedo domar tantas lágrimas y me sorprendo cuando percibo que me dicen por detrás: «gracias por no olvidarte». Mis ojos se abren desesperados, es su voz, no tengo dudas, giro y busco a diestra y siniestra pero no hay nada. Ni nadie. Solo siento un viento muy fuerte que arremolina hojas y basura en el empedrado de la calle, inhalo y huelo su perfume.

(*) Marisol Jaime es Licenciada en Ciencias de la Comunicación, docente y escritora.
Instagram: @maryespectaculos
Facebook: Mary Jaime

 

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