Columnas

Bien de familia

El vínculo entablado con Carmen Rosenblatt no se limitó a una breve comunicación, sino que, en el transcurso de varios días, los intercambios de mails y mensajes de whatsapp fueron sumándose… Como resultado de tan generosa colaboración, pude guardar copiosa información sobre la Colonia Avigdor. Con la finalidad de seguir compartiéndola, seleccioné más párrafos escritos por Carmen, amando un nuevo resumen con datos reveladores del pueblo al que arribaron centenares de judíos alemanes en tiempos del nazismo. Cierta información sobre el tema, ya había publicado previamente a este contacto con ella, aunque Carmen, profundizó en la cuestión y aportó aún más elementos referidos a la vida de aquellos pioneros llegados de Europa.

“A finales del siglo 19 y principios del siglo 20, la Jewish Colonization Association, había adquirido tierras en distintas provincias: Santiago del Estero, La Pampa, Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, que hasta esos momentos totalizaban 600.293 hectáreas. En 1932, compró, en el norte de Entre Ríos, las estancias de El Corcovado y Capivara, que sumaban 17.175 hectáreas más, con el objetivo de tener tierras de reserva para otorgarles a hijos de otras colonias, que formaron sus familias, y no tenían más campos para colonizarlos…”

“Como unos años más adelante se produjo la discriminación y persecución de los judíos por Hitler en Alemania, se hizo prioritario organizarse para fundar una nueva colonia para salvar a esas personas. Eran campos inmensamente grandes, prácticamente sin divisiones, en una zona de montes, sin caminos y muy poco explotados en lo que a producción se refiere. Los judíos alemanes pudieron emigrar a la Argentina gracias a gestiones realizadas por la JCA ante el Ministerio de Agricultura, que, a pesar de las limitaciones a la inmigración, que ya existían a partir de 1930, seguía interesado en apoyar proyectos de colonización”.

“Los pocos habitantes que había, llamados criollos o nativos, se brindaron generalmente a colaborar con estos ‘gringos’ recién llegados, ayudándoles y enseñándoles las tareas rurales, un poco a través de señas, ya que al principio los extranjeros, no entendían castellano. Cuenta la anécdota, que ellos, de tanto escuchar hablar el idioma alemán lo aprendieron. Conocí a dos nativos, que escuché con mis propios oídos, hablarlo entre ellos…”

“Entre las diez primeras familias que fundaron Avigdor, estaba la de mis abuelos paternos: los Rosenblatt llegaron al puerto de Buenos Aires el 25 de enero de 1936. Fueron primeramente alojados en el famoso e histórico Hotel de Inmigrantes por unos días, y luego trasladados en tren, a la estación más cercana, Bovril… Y ahí empezó lo odisea. Los esperaban empleados de la JCA en grandes carretas tiradas por caballos, que recorrieron los 25 kilómetros de distancia hasta lo que ahora es Avigdor. No había caminos marcados, iban entre árboles y arbustos del monte, por senderos zigzagueantes, muy esperanzados de adaptarse a tan dura vida y felices de pisar tierras que prometían ante todo libertad y trabajo para labrarse un buen porvenir… Luego fueron llegando más grupos, de a diez o veinte mayormente, hasta conformar aproximadamente 120 familias, más o menos en las mismas condiciones. Los que se conocieron en los barcos luego se denominaban ‘Schiffs Brüder’, o sea, hermanos de barco, en idioma alemán”.

“A cada familia se le adjudicaron 75 hectáreas de campo, una casa de construcción precaria, de ladrillos asentados en barro, piso de tierra, con dos habitaciones, una cocina, una galería y el baño, allá al fondo, a unos diez o quince metros de distancia de la casa. Encontraron en cada casa, una bolsa con ‘galletas’ (pan de campo) duras, de varios días de amasada, también algunas herramientas de trabajo, unas pocas vacas, unos caballos, unas gallinas… Al otro día, manos a la obra. Se pusieron a trabajar, primeramente, para ‘limpiar’ los patios de los árboles de monte. Luego, los campos, para poder sembrarlos, hacer alambrados para dividirlos; eran trabajos durísimos, pero como decía: estaban felices por tener la esperanza de progreso…”

“Las mujeres se dedicaban más a las tareas del patio, atender a las gallinas y demás aves de corral, ordeñar las vacas para la leche que consumían, además de las tareas hogareñas, el pan lo tenían que amasar en los hornos a leña, cuya boca daba dentro de la cocina. Cuentan que al comienzo, estas mujeres hacían esas tareas llorando prácticamente todo el día (y por las noches también), por las condiciones precarias que las rodeaban. No había corriente eléctrica, las lamparitas eran a kerosén, no había heladeras ni artefacto alguno. Y hay que recalcar que provenían de una civilización avanzada en Alemania… Algunos, los que eran de pueblos chicos, se adaptaron con más facilidad, pero a los que venían de ciudades como Berlín, Munich, Frankfurt, etc. -que hubo muchos- les costó horrores, o directamente no lograban acostumbrarse”.

Pablo Wildau

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