Columnas

El aguafiestas

Escena 1.

24 de diciembre por la noche en Colegiales. Un barrio en silencio como reflejo de lo que seguramente es la ciudad entera, preanuncia la inminente llegada del viernes 25. A las doce en punto, el clásico festejo se desata. El bullicio reemplaza la quietud. Con el transcurso de los minutos las calles se inundan del ruido de cohetes –en menor medida que otros años-, motores de autos, motos, música y voces en general.

Escena 2.

El edificio en el que vivo ha quedado semivacío. Pero en uno de los departamentos donde sí hay gente, aproximadamente una decena de chicos y chicas están de festejo. La música y el griterío, poco después de la medianoche se afirman en intensidad. Luego de una sencilla reunión familiar, cerca de las 2:30 hs. me propongo dormir. No lo logro. Trato de tener paciencia, considerando la fecha en la que estamos. Desde la vereda, un hombre quiere saber hasta cuándo seguirán. Los chicos contestan que más o menos hasta las 3 AM. Son casi las 3:30 y nada… Me levanto. Salgo de mi casa y camino hasta la de los vecinos. Golpeo la puerta varias veces. Abre un muchacho con el torso descubierto. Le pregunto si pueden bajar la música. “Ahí la bajo”, responde. Se cierra la puerta y se hace un repentino silencio que permite escuchar las risotadas que provienen desde adentro. Vuelvo a casa. Hay música otra vez. Durante unos segundos el volumen es tolerable, pero enseguida aumenta hasta ser tanto o más fuerte que antes. Pasadas las cuatro, la fiesta termina. Los invitados comienzan a dejar el edificio.

Escena 3.

A media mañana del 25 la calma en el barrio es notoria. Ya despierto, procuro pensar una conclusión acerca de lo que me generan estas fechas. No me resulta fácil elaborar un cuadro de situación. Me llama la atención cómo es tomada la Navidad por estos lados. Desde los días previos al 24 se produce la fiebre del consumo: el sistema dispone que hay que comprar regalos, comida, bebida, arbolito, luces, más regalos, más comida, más bebidas. Hay corridas, nervios, fastidio, malhumor. Muchos creyentes católicos y evangélicos se reúnen. Pero también los no creyentes. Paradójicamente, los que no quieren saber nada con la “religión”, ponen un enorme empeño en celebrar y hasta podrían llegar a enojarse (o reírse) mucho si alguien les preguntara por qué y para qué lo hacen.
Me pregunto: ¿hasta qué punto saben que lo que se celebra, está íntimamente ligado a la “religión” que rechazan? Los whatsapp se llenan de deseos, fotos, videos y hermosos mensajes. Pero tras la cena, el desamor al prójimo, los excesos y la violencia de la sociedad proseguirán su curso a lo largo de otro ciclo anual.

Escena 4.

Trato de investigar en diversos sitios para resumir brevemente sobre el origen de la Navidad. Veo que en los años posteriores a su muerte y resurrección, los seguidores del Mesías no conmemoraban el natalicio. En la Biblia, la fecha de Su nacimiento no figura. Recién más de 300 años más tarde, en tiempos en que el Imperio Romano impuso el cristianismo, se decretó el 25 de diciembre como día de Navidad. Estudiosos del tema, coinciden en que el hecho de congraciarse con las multitudes idólatras que en la misma fecha agasajaban a sus dioses paganos, es una causa que motivó a Roma a escoger este día.
Muy cerca en el tiempo, surgió la leyenda de Nicolás de Bari, sacerdote de origen griego que amaba a los niños y les obsequiaba juguetes. Siglos después, ya hace sólo unas décadas, la marca Coca Cola revitalizó el mito recreando una figura publicitaria, que para crecer encontró terreno fértil en una sociedad ávida de consumo, diversión y búsqueda instantánea de placeres. Y Papá Noel o Santa Claus –el San Nicolás original-, acabó por convertirse en un personaje central.
Lo sucedido en este país parece un calco de lo que pasa en las series y películas que llegan desde el extranjero para estas fechas: las familias se reúnen en torno a la mesa navideña, se habla de amor, paz y -desde luego-, del arbolito, de los regalos. Santa Claus es el gran protagonista. Pero insólitamente, ni a Dios ni a Jesús se los menciona.
¿Qué es necesario engañar a los chicos para justificar la presencia de Papá Noel o de «Santa»? Claro que sí, pero eso qué importancia tiene, en un mundo que naturalizó la mentira. El sistema comercial así lo pide, y el que se resiste a caer en sus garras, corre el riesgo de ser considerado un aburrido, un aguafiestas, un fanático, pero quizás, nunca alguien que simplemente prefiere decir la verdad.

Pablo Wildau

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