Gente de Cole

El barrio, doble camiseta y doble nacionalidad

Por Andrés Rosen.

Desde que tengo uso de razón soy hincha de Racing, sin saber la causa del origen de ese sentimiento. Mi papá era de Boca, a mi mamá no le interesaba el futbol -todo lo contrario- y no tenía familiar ni conocido alguno que pudiera haber ejercido alguna influencia sobre mis simpatías futbolísticas. Fui por primera vez a la cancha a ver un River- Racing, en 1962, a mis diez años, junto a mi mejor amigo de la primaria, compañero en la escuela del barrio de Colegiales (Conde 943, entre Céspedes y Palpa) denominada Gran Mariscal del Perú, Ramón Castilla.

Mi amigo se llamaba Rodolfo Iglesias. Vivía con sus padres y un perro caniche negro de tamaño grande (variedad que hoy en día casi no vemos en las calles) llamado Quichi, en Céspedes 3037, a la vuelta de mi casa. Por la mañana éramos compañeros de grado y por las tardes jugábamos al fútbol con otros chicos en la “cortada” Aguilar, entre Conesa y Crámer. En esa cuadra, precisamente, vivían sus abuelos maternos y paternos, en dos casas diferentes. Unos casi en la esquina de Conesa, con una carnicería anexa a la vivienda, y los otros casi en la esquina de Crámer, en una casa con un lindo jardín. Algunas tardes iba a jugar a su casa, lo que era para mí algo así como el sueño del pibe, porque Rodolfo era dueño de los mejores juguetes de la época: un tren eléctrico y una pista de autos de la famosa marca Scalextric.

Su familia tenía auto, lo que tampoco era común en esos años, y gracias a esto me llevaban con ellos a distintos lugares, como las canchas de River y Excursionistas, a los bosques de Palermo, y a jugar a la pelota, generalmente los sábados a la mañana, a la zona donde actualmente se levanta la estatua de William Morris, en la calle Valentín Alsina, cercana al Hipódromo Argentino.

Nuestros caminos se bifurcaron cuando a los trece años, fuimos a distintos colegios secundarios. En mi caso, al Nacional Número 8 Julio A. Roca, y él, a la escuela técnica Luis A. Huergo, en J. J. Biedma y la Avenida Rivadavia. Al año siguiente Rodolfo se mudó a la localidad de Haedo, en el Oeste del conurbano bonaerese, y así, la relación se fue diluyendo, lamentablemente.

Al Estadio Monumental fui con él y su padre, ambos hinchas de River. Ganó Racing 2-1 como visitante, triunfo que tardaría once años en repetirse: sucedió en 1973, en un partido que también presencié pero ya desde la tribuna racinguista.

Sin embargo, en 1964, me llevaron a ver un partido de Primera B (segunda categoría en aquel tiempo) a la vieja cancha del club Platense, en Manuela Pedraza y Crámer. Jugaban Platense y Excursionistas. Fui a la tribuna del equipo del Bajo Belgrano. El partido termino1-1, y sucedió que a la salida, entre los cantos de la hinchada descubrí que también quería ser hincha de Excursionistas. ¿Sería eso posible? ¿Simpatizar simultáneamente con dos equipos de fútbol, y con la misma pasión? En mi caso sí lo fue. Y lo sigue siendo en la actualidad.

En relación a estos dos clubes tan queridos en lo personal, hubo un acontecimiento que lo unió… O casi. Esto se encuentra vinculado a una de mis mayores decepciones futbolísticas. Aconteció a fines de 1983, cuando lamentablemente Racing descendió a la B y al mismo tiempo, Excursionistas, que llevaba once años en la Primera C, disputó la final por el ascenso contra Talleres de Remedios de Escalada y fue derrotado por 2 a 0.Ya se había sorteado el fixture de la B de 1984 y en una de las primeras fechas figuraba el partido Excursionista o Talleres versus Racing, por lo tanto estuvo a punto de suceder el hecho histórico del enfrentamiento entre mis dos camisetas. Así fue como se frustró, seguramente para siempre en lo que a mí respecta, la posibilidad de presenciar ese encuentro.

Salvando las distancias se me ocurrió comparar dicho sentimiento con un dilema que se les aparecía a muchos jóvenes judíos nacidos en la Argentina: la confusa sensación de tener una doble nacionalidad, porque para mi y muchos compañeros de esa época, ser judío, no era una religión sino el hecho de pertenecer a un pueblo diseminado por el mundo. Pero desde 1948, con su propio país, el Estado de Israel. Durante algún tiempo, entre mis 16 y 19 años, el tema estaba constantemente presente en las discusiones que sostenía en mis encuentros grupales, sin llegar a ninguna conclusión convincente. No obstante, en una reunión a la que asistí en 1971, encontré la respuesta a mis interrogantes. Había en esa casa un grupo de personas de aproximadamente 45 a 50 años, cuyo único tema de conversación era la situación de Israel, siendo todos ellos argentinos.

En ese momento decidí que la situación me resultaba chocante e inaceptable y que si determinaba permanecer aquí, debía enfocar mi mente en la problemática de mi país de nacimiento, que se hallaba en el medio de una dictadura militar, sin dejar de lado, aunque poniendo en un segundo plano, los temas relacionados con el judaísmo. Y así sigo pensando actualmente, casi cincuenta años después…

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