Columnas

Bien de familia

Y se va septiembre… Es noche cerrada. Las noticias de la Argentina hablan del Covid-19, de la corrupción política, de la inseguridad… En síntesis, nada nuevo bajo el sol, aunque la oscuridad hace varias horas, se ha instalado sobre Colegiales. Mientras escribo estas líneas, da vueltas por mi cabeza, un asunto que captó mi interés durante gran parte de la semana. El tema muy lejos estaba del vértigo diario que tantos  argentinos se han acostumbrado a padecer y seguramente por eso, me resultaba mucho más atractivo que depositar mi atención sobre la rutina informativa ofrecida por noticieros de televisión, radio y portales de Internet.

Documento histórico

Un tío lejano, Carlos –más conocido por su apodo, Ito- , residente en Israel, ante una consulta sobre nuestro árbol genealógico que le hice a través del Facebook, me envió un documento en formato PDF que él, a su vez, había recibido de parte de otro pariente lejano, totalmente desconocido para mí, con domicilio en Inglaterra. El documento me llegó por correo electrónico, unas horas después del contacto con Ito por Facebook. De pronto, al abrir el archivo adjunto, tenía ante mis ojos un par de hojas repletas de nombres de apellidos, ciudades, países…   Me quedé maravillado, azorado ante un volumen de información que jamás pensé que alguna vez tendría en mi poder.

Un apellido por sobre el resto

Me zambullí, figurativamente hablando, en aquel increíble documento, que entre decenas y decenas de sustantivos propios, mostraba uno que en cantidad, claramente se destacaba por sobre el resto: el apellido Wildau.

A Ito, le había preguntado si sabía cómo se llamaba su bisabuelo, que también era el bisabuelo de mi papá y por ende, mi tatarabuelo. Era un dato de importancia, que estaba necesitando y que me faltaba para cumplir la meta de reconstruir parte de la historia familiar más próxima a las generaciones actuales.

Mi tío no me respondió la pregunta. Pero hizo algo mejor. Para mi sorpresa, me mando este archivo, que contenía no sólo el dato de la persona requerida, sino también el de sus hermanos y su padre. En el listado, este último era el integrante más antiguo, cuyo nacimiento tuvo lugar a fines del siglo XVIII.

Unas pocas hojas

Parte del documento estaba en inglés, parte, en alemán. A priori, un obstáculo de mediana complejidad, aunque con la existencia del traductor online de Google, tratar de descifrarlo era casi un juego de niños. Además, lo sustancial eran los nombres de las personas, para lo cual, el idioma es universal. Apellidos, fechas de nacimiento, de fallecimiento, poblaciones… Todos estos elementos aparecían concentrados en unas pocas hojas de tamaño oficio. Había numerosos Wildau’s de los cuales sabía acerca de su existencia: abuelos, tíos abuelos, primos… Pero además la nómina incluía a muchos otros que jamás sentí ni siquiera nombrar.

Sospecha confirmada

En mi familia, tanto la rama paterna como la materna, llegó procedente de Alemania, escapando de las persecuciones que los judíos sufrieron, en la antesala de lo que sería la Segunda Guerra Mundial. Por más que muchos parientes arribaron a estas costas y lograron salvar sus vidas, yo entendía que quizás, otros habrían quedado atrapados en la red tendida por la avanzada nazi. Hasta este momento había sido una sospecha. Pero el documento revelaba datos concretos de aquellos Wildau’s que no consiguieron sobrevivir al Holocausto, y el destino final del que lamentablemente fueron víctimas. El impacto de darle lectura a esa parte del archivo fue fuerte. Una cosa era intuirlo, sospecharlo. Pero confirmar  que, efectivamente, tantos antepasados murieron asesinados, y ver sus nombres y apellidos allí escritos, significó en lo personal, un golpe muy doloroso.

Paradojas de la vida

La lectura me condujo a conectar un par de fechas, que en realidad era una misma (6 de octubre), aunque con diferente año. Ese día, en 1940, nacía mi padre en el pueblo de Entre Ríos al que habían arribado numerosos familiares que huían del conflicto desatado en su Alemania natal. Exactamente cuatro años después, un 6 de octubre de 1944, Hugo Wildau, moría en Auschwitz. Era un tío abuelo de mi papá, al que obviamente nunca pudo conocer. Al tanto de este dato, se cruzó por mi mente mi bisabuelo Oskar, a quien tampoco conocí, ya que falleció antes de que yo naciera. Por un lado, habría celebrado el cumpleaños de uno de sus nietos. Vivían en la misma colonia, ya que Oskar también integró aquella oleada inmigratoria que viajó hacia la Argentina.  Por otro lado, ese 6 de octubre, Hugo, uno de sus hermanos,  hallaba la muerte en el interior del tristemente célebre campo de exterminio nazi. Probablemente, no se haya enterado el mismo día –si es que alguna vez se enteró- pero, al comprobar esta inesperada coincidencia, no pude evitar el estupor en función de otra de las paradojas que suelen presentarse en esta vida.

Pablo Wildau

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