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Los colegialenses y su vuelta a la actividad física

Son las ocho en punto y ya hay gente que ha salido a realizar ejercicio por las calles del barrio. El Gobierno de la Ciudad habilitó hace unos días las actividades de este tipo para los porteños, y los habitantes de Colegiales también están dispuestos a aprovecharlo. Todavía están frescas las imágenes de lo sucedido en los lagos de Palermo, cuando una multitud se volcó a los lugares utilizados  tradicionalmente para correr y caminar, y la conmoción general que eso provocó en el día después. En la Plaza San Miguel de Garicoits en el panorama (si bien no se asemeja a una noche común, de aquellas anteriores a la cuarentena), tampoco se observa una exagerada cantidad de vecinos haciendo actividades recreativas.

En el contexto barrial y a toda hora, este espacio ha sido uno de los frecuentados para quienes buscan el bienestar físico. Por lo tanto, se entiende que también sea un sitio de referencia ante una nueva flexibilización de las restricciones.

La plaza se encuentra enrejada desde hace muchos años y los candados impiden el pasaje hacia su interior desde comienzo de la cuarentena. Sin embargo, corredores y caminantes no se hacen ningún problema, ya que el espacio es suficiente como para que nadie tenga que llevarse por delante a un “colega”, sobre todo por Delgado, Virrey Arredondo y Virrey Loreto, que cuentan con veredas anchas. Se complica un poco a lo largo del lateral de Álvarez Thomas, donde las incomodidades son mayores, debido al angostamiento de la acera, la presencia de las paradas de colectivos y del puesto de diarios. En esta ubicación de la Avenida, aunque de la mano de enfrente, un patrullero detenido, guardaría relación directa con los anuncios efectuados por las autoridades, alusivas a que habría más seguridad en la ciudad como protección para aquellos que salgan en el horario permitido, es decir de ocho de la noche a ocho de la mañana.

Los que corren y los que caminan respetan el protocolo: no más de dos personas a la par. Lejos quedó aquella costumbre de hacer running en grupos. Como el uso de barbijo es optativo, están quienes lo llevan puesto, y los que se mueven a cara descubierta -otra costumbre cada vez más lejana para los argentinos-, sin malgastar esa oportunidad de sentir nuevamente el aire fresco en la totalidad del rostro.

Pasadas las ocho, aparece un muchacho en bicicleta. Es el único, por ahora, dentro del gran conjunto de “deportistas” que salieron a las pistas luego de casi tres meses de aislamiento. No sólo en la plaza, por las calles del barrio también se ven. Corren y caminan en silencio. Nadie habla. Nadie grita. Nadie emite opinión. Pero no hacen faltan palabras para entenderlo, la atmósfera transmite esa especie de desahogo liberado frente tanto deseo contenido que la gente tenía por regresar a viejas rutinas que la pandemia interrumpió.

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