Barrio Mío

El cambio en Colegiales

El barrio está distinto. En forma constante, modificaciones edilicias y comerciales hacen que, al igual que en otros sectores de la Capital Federal, en Colegiales el ritmo del cambio no detenga su marcha. En esta nota se escogieron tres sitios del barrio que han experimentado, cada uno a su manera, el paso del tiempo. Gracias al Mapa Interactivo de la Ciudad de Buenos Aires, logramos extraer las imágenes más antiguas y compararlas con la versión más moderna de los lugares analizados.

Enrique Martínez y Virrey Loreto

1996. Un viejo almacén (foto principal), en sus últimos años, acaso intentando sobrevivir ante el irrefrenable avance de los tiempos «modernos», esos que maltrataron sin piedad a ejemplares como el de la foto.

2008. La ochava triste, desprovista de todo comercio durante años. La vieja despensa hacía rato que se había extinguido. Pero se venían tiempos que prometían devolverle a la esquina el ritmo de antaño.

2014. A mediados de este año, un grupo de gente levantó la persiana cerrada durante añares y comenzó la ardua tarea de reactivar la actividad, por más que fuera en un rubro diferente.

2015. Finalmente se inauguró «La Parrilla del Virrey». ¿Una curiosidad? A sólo una cuadra (Loreto y Delgado) está la Parrilla Don Hugo, de similar estilo y gran tradición en el barrio. Seguramente, habrá público para todos…

Avenida Federico Lacroze entre Freire y Zapiola

1996. Uno de los primeros gimnasios de Colegiales. Nació en la década del 80 y su nombre de fantasía era «Barrios», por el apellido de su dueño, un veterano ex deportista que junto a su mujer atendía el local con verdadera pasión. Durante algún período de los Noventa cambió de dueño pero no de rubro, volviendo luego a manos de Barrios (que había alquilado la llave). En 2005 la propiedad fue vendida.

2013. Como en tantos otros sectores de Colegiales, un edificio de departamentos reemplazó el viejo emprendimiento familiar. Lo que eran tres plantas se convirtió en una moderna construcción de siete pisos. Al fondo, se observa el cartel de Moro, la ferretería que, haciéndole un corte de manga al famoso «boom» del progreso, se mantiene hace más de cuarenta años en su mismo sitio.

Zapiola y Palpa

1996. A fines de los Setenta se instaló en esa esquina una galletitería de las de antes. ¿Su nombre? El Bizcochito Travieso. El local, con toldo de chapa a la calle y en cuyas aberturas predominaba un fuerte color verde, se especializó en las galletitas, haciéndole honor a su denominación de fantasía. Así, las más diversas variedades se vendían en su vieja modalidad: por kilo, medio o cuarto kilo, y estaban alojadas en latas cuadradas con una ventana circular que permitía observarlas desde el exterior.
Pero no sólo había galletitas, sino productos de almacén en general. Todavía no proliferaban las grandes cadenas de supermercados, por lo que El Bizcochito tuvo una buena época hasta bien avanzada la década del 80.
No obstante, los negocios chicos comenzaron a hacer agua, a la sombra de las firmas más poderosas y este almacén no fue la excepción. En los 90, el local ya había bajado definitivamente la persiana, pero la propiedad se mantuvo así por varios años más.

2013. A mediados de esa década tan aciaga para los comercios chicos, toda la esquina fue demolida y reformada. Se construyeron viviendas y hoy, la ochava está ocupada por domicilios particulares. Sus ocupantes, acaso ignoren el pasado de esta esquina con tanto olor a barrio.

2014. La nota de color. Entre diciembre de este año y enero de 2015, un pintoresco mural con la figura de una jirafa fue pintado en la fachada. La obra permanece hasta la actualidad.

1 comentario

  • Cada tanto entro al blog y, tras la lectura de una o dos notas, un rinconcito del barrio vuelve a mi memoria.

    No frecuentaba tanto esta zona del barrio de pibe, pero tras leer sobre la galletitería de Zapiola y Palpa de pronto recordé otra que se ubicaba en la calle Arredondo entre la avenida Cabildo y Ciudad de la Paz; a esa fui muchas veces a comprar “el cuarto” para la merienda. Era ir y elegir entre los anillos, las “Bagley”, las Sonrisas y tal vez las palmeritas. ¡Siempre ligaba un poquito más! El comerciante del local me conocía y añadía siempre la yapa, que solía hacer desaparecer de camino a casa, o mientras esperaba a retirar un calzado en reparación en la zapatería de Ciudad de la Paz (otro ícono del barrio del cual ya ni las fotos quedan).

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