Columnas

Re-unión en el barrio

Atardecer de febrero en Álvarez Thomas y Federico Lacroze. De pronto, lo vi acercarse, cruzando Álvarez Thomas. ¿Qué duda cabía? Era él. Habíamos concertado la cita por teléfono. Yo llegué con no más de cinco minutos de anticipación y me dispuse a esperarlo, en la puerta de un local de comidas rápidas. ¿Cuánto hacía que no veía a aquel viejo amigo de la infancia? No hizo falta que mis pensamientos siguieran remontándose atrás en el tiempo porque enseguida apareció y el contacto visual rompió con todo viaje mental.
Más canas, menos pelo, pero la misma cara. Esa es la impresión que me dio y, calculo, algo parecido habrá dicho para sus adentros él de mí. Al saludo afectuoso y sincero, aunque no demasiado efusivo, siguió la propuesta que se caía de madura: ¿vamos a tomar un café? Frente a la casa de comidas rápidas (bah, el Mac Donald’s) la confitería Ticino sirvió como punto de reencuentro con Javier, aquel pibe al que había dejado de frecuentar en la adolescencia.
Cada uno había hecho su propio camino. Pero, ¿cómo olvidar aquellas tardes? Cuándo pasaba a buscarlo por su departamento de la calle Vidal. Cuándo nos cruzábamos desde su casa a los grupos de Benei Tikvá. Cuándo íbamos hasta la Avenida Cabildo en busca de vaya uno a saber qué aventuras. O cuándo con el edificio de Vidal como punto de partida, nos atrevíamos a hacer nuestras primeras salidas por Belgrano y otros barrios.
De pronto, todo se cortó… Cosas de chicos inmaduros, seguramente, más propias que ajenas, precipitaron la ruptura de una amistad que, al menos yo, presumía que podría ser duradera. La cuestión es que dejamos de andar por los mismos caminos y si alguna vez volvimos a vernos, fue a cuentagotas, de casualidad… Como aquella mañana en la Plaza Mafalda, los dos, siendo ya papás. No nos dimos mucha bolilla ese día. Apenas un saludo.
Y ahora estábamos compartiendo otra vez la mesa, cortado y lágrima de por medio. Las viejas anécdotas acapararon la reunión y el ponernos al día a propósito de la vida que cada uno lleva hoy por hoy, concitó buena parte de la velada. Y en un reencuentro así, ¿cómo no hablar del país, del mundo? Tampoco se hizo esperar el poco original «¿y qué es de la vida de…?» con mención a esos compinches con los que solíamos patear las calles de la niñez y luego de la adolescencia. Transcurrieron casi dos horas y seguíamos allí, charlando, recordando, sonriendo… Las obligaciones personales y familiares aceleraron la despedida, si bien, esta vez, con la ilusión –al menos de parte mía- de que habría más oportunidades para juntarnos y no las desaprovecharíamos.
Pasó mucho tiempo, es cierto, pero al igual que en tantos aspectos de esta vida, nunca se puede asegurar que ya es demasiado tarde.

Pablo Wildau

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