Columnas

Amar es también escuchar

Por Hugo N. Santos (*)

¿Cómo podemos amar a quienes nosotros no escuchamos? Hablamos con voz enérgica, nos movemos rápidamente, afirmamos nuestros pareceres, decimos a unos y a otros lo que tienen que hacer, pero a menudo somos incapaces de escucharlos realmente y, por tanto, de comprender al otro. Hoy, en la sociedad de la prisa, de la hiperactividad y del estrés, existe un gran déficit de escucha atenta y serena.
Comprender a los demás suele ser difícil. Requiere el empeño por resistir al orgullo y a la superficialidad en la relación interpersonal, pero sobre todo requiere hacerse cargo de lo que a los demás les pasa, aunque muchas veces ni siquiera sean capaces de decirlo y lo expresen solo con sus gestos, con su tono de voz o con su modo de comunicarse.
Pero más que una técnica que pueda dominarse, escuchar es sobre todo una actitud que se aprende cuando se vive en un espacio humano en el que hay afecto, en el que escuchar a la persona que se comunica con nosotros es el primer paso para una paz duradera y un diálogo genuino. Se trata de descubrir en el diálogo la singularidad del otro.
Dice el Talmud: “Tenemos dos oídos y una sola boca para recordar que debemos escuchar el doble y hablar la mitad”. Y alguien quiso perfeccionar la frase diciendo: “El ser humano tiene dos orejas, dos ojos y una boca para escuchar cuatro veces más de lo que habla”.
El escritor francés Joseph Joubert afirma: “Si queréis hablar a alguien, empezad por abrir los oídos”. Solo una actitud de escucha atenta hace fecunda la palabra que podemos brindar a nuestro interlocutor. Es difícil poder decir algo válido al que dialoga con nosotros si antes no abrimos de par en par nuestros oídos para escuchar.

Ejercitémonos en el gesto sabio y sereno de saber escuchar. Es un ejercicio muy saludable y enriquecedor. Significa ejercer la solidaridad en una sociedad donde hay tantos seres humanos que necesitan ansiosamente que alguien les preste atención. Sin embargo, a cada paso nos encontramos con un enamorado de su propio discurso.
No se trata de hacer una pausa mientras acomodamos el aire y le permitimos al otro que diga algunas palabras, no consiste que nosotros estemos pensando, mientras el otro habla, acerca de cómo enlazamos nuestro propio argumento como si nuestro interlocutor fuera simplemente un partenaire para que explayemos nuestras ideas. Es necesario aprender a escuchar.
A veces los diálogos parecieran que fueran dos turnos de oratoria entre dos o más que no escuchan y que solo producen monólogos alternativos con el fin de escucharse a sí mismos.
Dice el pastor y psicólogo Hugh Pratter “Nadie está equivocado, cuando mucho a alguien le falta un pedazo de información”, de modo que a menudo, teniendo cada uno de nosotros esa falta de información y negando que tenemos esa carencia, nos lanzamos a defender nuestra limitación seguros que nuestra equivocación es plenamente cierta. A menos que estemos convencidos de que a nosotros nos falta algo de información, alguna carencia de verdad en nuestros discursos, no daremos lugar al otro para atrapar esa cuota de la verdad que nos falta.
Nos concentramos en lo que queremos decir y no en lo que nos están diciendo. Nos apurarnos por responder sin escuchar hasta el final lo que el otro quiere decirnos. Asegurarse que uno ha entendido lo que el otro dice y mantener limitada al máximo nuestra actitud de interrumpir son elementos fundamentales en este proceso. Escuchar nos preserva de priorizar nuestros preconceptos que a veces nos llevan a darle un sentido a los mensajes recibidos independientemente de las intenciones del emisor.
Aquí vendría una pregunta: si es así, ¿por qué nos resistimos tanto a abrirnos a la palabra y a los gestos del otro?
Nos encerramos en nuestros propios puntos de vista y le damos a estos certeza absoluta convirtiéndolos en axiomas fundamentales a los cuales defendemos muchas veces aplicando la agresión, explícita o implícita, sobre los otros. Sobrevaloramos nuestro saber y desvalorizamos aquello que no sabemos, nos preocupa más afirmar nuestra superioridad que reconocer aquello de lo que somos ignorantes.
Una razón muy importante de mantener nuestros aspectos negativos es que nos hacemos cómplices en la defensa de ellos para mantenerlos. Hay aspectos propios ciegos para nosotros que pueden empezar a verse a partir de la escucha a otros.
Si pudiéramos atesorar en nosotros mucho de lo que nuestros oídos han escuchado y lo relacionáramos con nuestras propias ignorancias, tal vez nos iríamos a acostar cada noche con algo de más sabiduría en nosotros mismos. Por supuesto, esto implica saber escuchar aun aquello que va contra de nuestras ideas y principios.
Todos al hablar tenemos expectativas acerca de cómo queremos ser escuchados. Nos pasa que nos ponemos mal con algunas personas cuando hemos sentido que no fuimos bien escuchados. La escucha activa reduce los puntos de desacuerdo, los malentendidos y ayuda a encaminar conflictos en la medida que no nos pone “a priori” en actitud de reprobación y oposición.
Para poder comprender a otra persona es preciso reconocer que podemos aprender de ella. Al menos, como escribió la Madre Teresa de Calcuta, «estar con alguien, escucharle sin mirar el reloj y sin esperar resultados nos enseña algo sobre el amor». Efectivamente, para poder escuchar es preciso no mirar tanto el reloj, no tener tanta prisa por dentro, tener paciencia. «La paciencia —escribió lúcidamente Von Balthasar— es el amor que se hace tiempo».

(*) Hugo N. Santos fue pastor de la Iglesia El Buen Pastor, de Federico Lacroze esq. Zapiola.

ACTIVIDADES REGULARES

* Culto de adoración – Santa Cena:  domingos, 10.30 hs

* Estudio Bíblico: 2º y 4º sábado de cada mes, 17 hs

* Templo Abierto: Martes 16 a 18 y Miércoles de 17 a 19 hs. Federico Lacroze 2985 (esquina Zapiola).

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