Columnas

Ni rótulos ni etiquetas

Por Hugo N. Santos (*)

“Andrea es chinchuda”, “Juana es carismática”, “José es un bocho”, “Joaquín es un aparato”, “Yo soy romántico”. Cuántas veces nos hemos visto clasificando a otros o a nosotros mismos con una palabra, o a lo sumo con unas pocas de ellas, que viniendo de una mirada parcial, y a veces contaminada,  pretenden sintetizar lo que una persona es.

Primeramente, es bueno reconocer que este tipo de definiciones tiene un sentido de utilidad y de comodidad. Si “sabemos” como es el otro podemos vincularnos sobre esa base, solo que este juicio es endeble y lo hacemos a partir no solo de nuestras percepciones, sino también de nuestros prejuicios y de nuestras proyecciones. Mucho más si la clasificación viene envuelta en una reacción emocional como, por ejemplo, un tiempo de enojo o  un ataque de ira.

Nos cuesta ver a cada ser humano como un ser único y como un misterio a descubrir, como alguien que me puede llegar a sorprender, como una persona a la que nunca terminaré de conocer, como alguien sujeto al cambio y a la novedad.

Cualquier etiqueta que le pongamos a una persona es limitada, la empobrece, la cosifica, la instala en un sitio en detrimento de otros aspectos personales que tal vez no están tan a la vista o que a nosotros no nos interesan. Y esto vale aun para aquellas cosas que podríamos considerar positivas.  Al poner un calificativo será importante darse cuenta que solo estamos refiriéndonos a un aspecto de la persona. A veces es ella misma la que se define y la tarea de los que la rodean debería ser ayudar a mostrar que todos somos mucho más que cualquier clasificación. El “soy un depresivo”, debería suplantarse por “me deprimo cuando…” o “”estoy deprimido porque…”.

Algunos rótulos vienen de la propia infancia. Muchos padres califican y etiquetan a sus hijos: mentiroso,  inquieto,  malo, genio…donde no solo se describen ciertos segmentos de la conducta del niño sino también se proyectan algunos de los sueños, frustraciones y aun rasgos personales de papá y mamá. Tales clasificaciones suelen ser condicionantes del desarrollo de la vida posterior. A veces son rótulos con los cuales la persona debe luchar o defenderse  toda la vida. Son como bloques de cemento atados a sus pies.

Sabemos también que una de las estrategias más comunes para desvalorizar la opinión de las personas con las que no estamos de acuerdo o que rechazamos es rotulándola: “Qué es lo que puede decir este señor, si es un…”. Con esta estrategia minimizamos cualquier comentario que la otra persona pudiera haber hecho. No importa si lo que dijo es de fundamental importancia o realmente cierto para el tema del que se está hablando. Lo que importa es que su comentario no sea tenido en cuenta. Los rótulos, además, se usan para justificar la exclusión y discriminación de personas.

También ciertos estereotipos sociales vinculados a las profesiones, oficios o actividades que las personas realizan,  alimentados por generalizaciones y prejuicios, están en la base de clasificaciones hechas sin considerar lo singular que cada individuo puede tener.

Con cuánta frecuencia tenemos que reconocer que la etiqueta que teníamos de una persona y a partir de la cual la tratábamos, no era la adecuada. Cuántas veces debemos decir “me parecías muy serio, no me había dado cuenta lo gracioso que sos a veces”, “creía que eras muy formal y distante, pero cuando te conocí más vi lo cálido y contenedor que podés ser con los otros”.

Y esto aun se ve en clasificaciones psiquiátricas que intentan poner en determinadas casillas a las personas olvidando que un ser humano es una multiplicidad de estados, de posibilidades, de conexiones y líneas diversas, nunca fijas en el recorrido de su historia. Los tratamientos y diagnósticos que se basan en la excesiva división y clasificación de “desórdenes” psicológicos podrían dificultar una concepción más integral y humanista de la persona para construir campos de atención psicológica (aun pastoral) con teorías y prácticas que propicien un verdadero encuentro entre la variedad de los seres humanos y una concepción más inclusiva y menos estratificada de las personas.

Por eso Jesús pudo ver al mafioso y excluido Zaqueo como el hospitalario que podía tenerlo en su casa, a la casi condenada a muerte mujer adúltera como quien merecía ser  respetada y al ladrón de la cruz como un ser en busca de su salvación.

(*) Hugo N. Santos fue pastor de la Iglesia El Buen Pastor, de Federico Lacroze esq. Zapiola.

ACTIVIDADES REGULARES

* Culto de adoración – Santa Cena:  domingos, 10.30 hs

* Estudio Bíblico: 2º y 4º sábado de cada mes, 17 hs

* Templo Abierto: Martes 16 a 18 y Miércoles de 17 a 19 hs. Federico Lacroze 2985 (esquina Zapiola).

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