Gente de Cole

«El daño más grande que se le puede hacer a un ser humano es arruinarle la infancia»

En una vivienda de Ravignani entre Córdoba y Niceto Vega, Carlos Bragil nació hace 71 años. Cuando tenía 19, una hepatitis truncó su carrera de boxeador. Sin embargo, Carlos siguió vinculado a este deporte a partir de la enseñanza. Desde hace muchos años, da clases de boxeo profesional y recreativo en el Gimnasio Belgrano, de Virrey Avilés entre Conde y Freire. Allí, entre guantes y vendas, entre bolsas y sogas, aconseja a sus alumnos acerca de las cuestiones del deporte, y de la vida misma. ¿Qué recomendaciones les hace? ¿A qué apunta su formación? En esta nota, lo describe.

«Les aconsejo cosas sanas. Les hablo de muchas cosas. Que no tomen, que no consuman drogas, que no fumen, que estudien, que tengan una buena relación con sus padres. En fin, que se conduzcan en la vida con respeto, con educación hacia los demás. Si bien a mí me gusta enseñar boxeo, les recalco que pelearnos, es lo último de los último que hacemos. Al deporte lo encaramos para que nos sirva a descargar nervios, tensiones. En el grupo que voy formando, hay una linda relación. En toda relación humana debe existir una barrera de respeto que no hay que violar nunca».

«A mí me interesa que la persona sea honrada. Hay gente en la vida, que cae en el error de detenerse en la forma de ser de los demás, en vez de detenerse en los valores, el respeto, la ética. A los alumnos les enseño a no hablar mal de nadie, porque a nadie le gustaría que lo hagan con uno. A los varones, les hablo sobre el respeto hacia las mujeres. No se olviden que la que nos trajo al mundo es una mujer. Una hombre de verdad, puede discutir sobre un tema, pero jamás le diría una grosería a una mujer. Ese respeto es sagrado».

Carlos Bragil, junto a algunos de sus alumnos de boxeo.

«Algunos papás y mamás me llamaron y me dijeron: ‘Le hace más caso a usted que a mí’. Un detalle que no todos los padres tienen en cuenta, es el de conversar con sus hijos en lugar de gritarles. A los míos, una vez que terminaron la primaria y estaban en edad de entender ciertas cosas, yo trataba de hacerlos pensar. No los obligué a que hicieran algo en contra de su voluntad; en cambio, intenté que razonaran. Si los hacemos pensar, por ahí logramos más. Con mis alumnos lo mismo. Ellos a veces me preguntan y los aconsejo de acuerdo a cómo obraría yo. Después, que ellos lo analicen y resuelvan. Nunca digo: ‘Hacé esto’. A nadie. Es un poco, mi manera de vivir».

«Yo, desde los cinco años sé lo que es la calle. Los primeros zapatos nuevos que tuve, me los regalaron a los doce años. El agua caliente tampoco lo conocí hasta esa edad. No terminé el primario. Me hubiera gustado estudiar. Pero no tuve la suerte. No me tocó. Pero eso, valoro mucho a los padres que se preocupan porque sus hijos estudien, sean alguien, y se los digo a los chicos».

«Con sólo cinco años, cuidaba una parada de diarios en Córdoba y Dorrego. ¡Cinco años! Si hoy hacés eso, te roban los diarios, el kiosco, todo… Yo tuve que ser un hombre a los ocho años. Todo se supera, pero te deja marcas para toda la vida. El daño más grande que se le puede hacer a un ser humano es arruinarle la infancia. No pude estudiar, de todas maneras, el boxeo era un tema aparte. Yo amaba a este deporte».

«La situación del mundo está muy mal, en la medida en que la gente se desespera más por lo material que por lo humano. Y en este país en particular, si vamos a hacer un análisis crudo, nos tenemos que decir la verdad en la cara. Considero que tenemos una sociedad muy sinvergüenza. Mi madre me decía: ‘Vos tenés que saber que ser honrado es un deber, no una virtud. Es tan ladrón el que roba una caña como una montaña’. Si vos robás diez gramos en la balanza de un comercio, sos tan ladrón como el que roba diez millones de dólares».

«Acá son muchas las personas que no actúan bien. Se ve en el cotidiano vivir. En un semáforo, por ejemplo, donde hay que mirar muy bien porque aunque tengas la luz verde vos, por ahí te pasan por arriba. No respetamos casi nada. Y yo tengo una manera de vivir distinta, soy respetuoso al extremo. Por eso a veces me enojo tanto».

«Otra cosa que me decía mi madre es: ‘¿Sabés en dónde se refugian los sinvergüenzas? Diciendo esto: Y…si todos lo hacen… Pero no es así. Fijate lo que hacés vos. Lo que hacen los demás es problema de los demás’. Es una manera de vivir. Pasar por la vida sin hacerle mal a nadie. Yo no tengo ningún vicio. No fumo, no juego, no tomo alcohol. Lo mismo que mi esposa, ella me acompañó en esto».

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