Gente de Cole

Nuevos comercios: librería El Maná

Cierto es que en estos tiempos de vacas flacas, los comerciantes que bajan la persiana, lamentablemente, se perciben en forma cotidiana. Pero también están los que, con actitud optimista, se atreven a levantarla. En Crámer y Palpa, por ejemplo, la librería El Maná inauguró hace menos de un año. Es un pequeño local ubicado frente a uno de los extremos de la estación, y lo atiende un matrimonio que, por lo que cuenta, buscó con mucha perseverancia un lugar en el cual abrir su fuente de trabajo. «Fue bravo conseguir un local», recuerda Jorge, de 60 años, mientras Miriam, su esposa, se encuentra a unos metros de donde se efectúa el reportaje, lista para atender a los clientes que ingresan. «Esto era un depósito de insumos para hacer cerveza artesanal. Estaba destruido. Pero era lo que pudimos encontrar con la plata que teníamos. De a poco lo fuimos arreglando hasta que abrimos, en julio».


Jorge comenta que hace muchos años tuvo una librería, aunque más adelante se dedicó a la construcción en una empresa familiar. «Después tuve un accidente y el cuerpo ya no me dio para ciertas cosas… Y si bien todavía no soy jubilado, lo que te pagan cuando llegás a serlo no alcanza. Entonces dije, ‘vamos a buscar algo como para que haya otro ingreso, en un barrio familiero’. La idea era encontrar un local tranquilo en el cual pudiéramos envejecer».
Miriam, por su parte, es ama de casa y ayuda a su marido en la librería. Como vecinos de Villa Urquiza, ella suele utilizar el tren para ir a trabajar. No así Jorge, que llega mucho más temprano, y a eso de las 7.30, ya está detrás del mostrador. «Cuando vuelvo a casa son las 9 de la noche. A esta edad, esas 13 o 14 horas afuera te dejan fulminado. Y lo que te agota también es el estado de ánimo de la gente. Esto lo estamos viviendo todos a nivel mundial, al margen de partido, religión o género. Muchos vienen a hacer terapia…»


Jorge se larga a hablar y cuenta en relación a esto último, que a menudo conversa con gente que asiste al Sanatorio Fleming, que está a un par de cuadras: «Vienen a sacar fotocopias y necesitan charlar. Eso es lindo, por lo menos para mí. Una chica a la que conocí el año pasado, y que estaba angustiada porque le había detectado un tumor, volvió hace poco, muy contenta porque la quimio dio resultado. Yo le regalé un libro… Esas son las cosas que te ponen bien».
Miriam aporta una reflexión, destacando que «la gente vuelve» luego de descubrir la librería. «Es muy lindo también conocer a los vecinitos», agrega su esposo, hablando de los niños que concurren al negocio. A la hora de referirse a las ventas, se pone más serio: «Se está haciendo duro. Disminuyó mucho… Pero bueno, no soy yo solo, es en todos lados».


Como para no caer en el bajón recurrente, cambiamos pronto de tema. La pregunta, apunta entonces al motivo del nombre del negocio: «Durante un tiempo yo venía pensando eso de que con la jubilación no hacés nada. Siempre estás retrasado. ¿Y por qué El Maná? Cuando el pueblo de Israel sale de Egipto tiene que pasar 40 años en el desierto. Nosotros ahora estamos en un desierto muy embromado, aunque espero que no dure 40 años…»
En un sector del local, más allá de útiles escolares y otros artículos, el matrimonio acondicionó algunos estantes donde se exhiben biblias infantiles y literatura cristiana en general. Jorge, a modo de conclusión, remata con una frase envuelta en fe: «El alimento que ellos recibían del cielo era el maná. Cuando uno se desespera piensa en los israelitas, que todos los días recibían lo necesario para seguir adelante. Esa es la idea».

1 comentario

  • Excelente mis queridísimos Jorge y Miriam. Este emprendimiento apunta no solo al trabajo monetario. Hay un ministerio ahí dentro , donde le hablan a la gente, la escritura chan ( la gente necesita ser escuchada) y ustedes tienen pasta para eso. Lo de la necesidad de la gente, de hacer terapia no es otra cosa más que la oportunidad de compartir aquel maná que Dios les dió. Los amo.

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