Barrio Mío

Colegiales tormentoso

Día plomizo, gris, pesado… Altísima sensación térmica en una tarde de principios de marzo. Densos nubarrones se distribuyen lentamente sobre el cielo de Colegiales. La lluvia inminente se presiente, así como el pronóstico lo anuncia desde horas tempranas.

En la esquina de Elcano y Zapiola, la gente no parece inquietarse por el aguacero que se viene… A eso de las siete de la tarde, caen las primeras gotas. Son recibidas con alivio por cuerpos con calor acumulado durante una larga jornada. De pronto, se desata una tormenta acorde a la oscuridad  que traían las nubes que se habían instalado unos minutos atrás.

La gente se refugia donde puede. Para otros, es como si nada pasara: siguen caminando con asombrosa parsimonia. El Coto de la esquina es uno de los lugares predilectos para guarecerse. Los peatones sorprendidos por el diluvio, se amontonan junto a los ventanales del supermercado. Deben compartir espacio con una chica de veintitantos años, que junto a dos nenas -una de unos tres años y otra bebé- pedía desde más temprano productos alimenticios y la solidaridad en general de los clientes del súper. Unos le entregan cosas compradas en el comercio; otros, dinero; los más, su indiferencia.

Minutos después llega una cuarta integrante de la familia: una nena de aproximadamente doce años que va y viene. Juega de manos con la de tres. La bebé se divierte y la que posiblemente sea la mamá, las reprende. Pero más allá de cierto fastidio temporario, se las nota alegres, despreocupadas.

Arrecia la tormenta. Paran autos en medio de la calzada de Elcano. Es una zona complicada, desde febrero, pues las obras del entubado arroyo Vega, obligaron a cortar el tránsito entre Freire y Zapiola, y así será hasta mitad de año.

Pasan algunas personas sin paraguas. Empapados, no les importa seguir mojándose. En cambio, otros, bajo techo esperan a que cese la lluvia. Pero el tiempo transcurre y casi no hay señal de que el temporal disminuya en intensidad. Una buena: a pesar del caudal de agua caída, la esquina no se inunda y los que se animan a salir, cruzan sin mayores dificultades.

Una hora después, el panorama poco ha variado. La gran diferencia es la temperatura: bajó, fácil, diez grados. A las ocho, se encienden las luces de la calle. Y entonces sí, de a poco, va queriendo parar. Una fresca llovizna sustituye al feroz aguacero veraniego. Los refugiados se atreven a abandonar sus «búnkers», los clientes de Coto ya no deben llamar para que los pasen a buscar en auto… El barrio retoma su ritmo nocturno habitual. Mientras tanto, en la puerta del supermercado, el grupo familiar, continúa ocupando firmemente su puesto.

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