Gente de Cole

Saliendo de la zona de confort

Cuando el muchacho recibió la propuesta se asustó un poco: «Pensamos en vos para que en este período, seas el nuevo intendente del edificio», le confió el presidente del Consejo Directivo. En aquel antiguo edificio perteneciente a la Iglesia El Buen Pastor (de Zapiola y Lacroze) había mucho para hacer. Porque las labores cotidianas no se limitan a lo que tiene que ver con reunirse en el culto del domingo, sino que -entre tantas otras cosas- es necesario efectuar tareas de refacción y mantenimiento que quizás pasan inadvertidas para quienes no están en tema.

Preocupado, pensó en la invitación, consciente de sus limitaciones para este tipo de trabajos. «Yo apenas si entiendo cómo se cambia una lamparita…», reflexionó. Luego lo charló con su familia y le comunicó su situación a sus futuros pares del Consejo Directivo. «Te vas a sentir muy contento al ver que podés ayudar», lo alentó el presidente. Desde ambos sectores, experimentó un fuerte apoyo. Decidió aceptar aun, cuando ciertas dudas lo seguían acompañando.

Unos días más tarde, ya en funciones, le tocó asistir a una conversación entre dos de sus pares. Hablaban de que pronto vendrían de Edenor y de Metrogas a realizar trabajos pendientes. Mencionaban cierta terminología, nombres de elementos, de aparatos… ¡Y él no entendía nada! Sus compañeros, quizás dándose cuenta, nada le pidieron esa vez.

Transcurrido algún tiempo del episodio, la sugerencia apuntó a otra tarea: le informaron que había que gestionar el cambio de los matafuegos, ya que estos tienen fecha de vencimiento.

El hombre tenía escasísima noción de los pasos que había que seguir para llevar a cabo esta desconocida misión.  Pero concentró sus esfuerzos en tratar de cumplir, ahora sí, con lo encomendado. Se sucedieron llamadas al negocio de los matafuegos (no siempre respondidas), mensajes en el grupo de whatsapp del equipo, idas al edificio, invalorable colaboración de los seres queridos… Luego de descolgar uno de los tubos rojos, tuvo la sensación de que en más de 40 años, era la primera vez que tocaba uno.

Finalmente, varios días más tarde, vio cómo su labor estaba a punto de concluir. Y más allá de la aparente sencillez del trámite, y de las tantas idas y vueltas que debió dar, se sintió muy satisfecho. Era su primer logro en ese desafío que lo llamaba a salir de la zona de confort, algo así como el primer pasito del bebé que recién empieza a caminar. Ahora, se abría un mundo nuevo.  

Antes de aceptar el puesto, el muchacho también había buscado, como de costumbre, el consejo de alguien muy importante, para que lo ayudara a tomar la decisión, y una vez que ésta estuviera tomada, lo ayudara con su guía, con su respaldo, con su fidelidad… Por eso, como cada día de su vida, a El dio gracias… y durmió tranquilo.

Deja un comentario