Columnas

Tandil no es Colegiales

Por Pablo Wildau (*)

Qué bien viene desenchufarse después de un año tan intenso… Lo de desenchufarse, claro, será necesario tomarlo con pinzas, pues suele ocurrir que ni siquiera en vacaciones uno hace esto completamente. Pero lo cierto es que con un destino turístico fijado en Tandil, partimos junto al grupo familiar, uno de los últimos días de enero.
Conocíamos esta localidad bonaerense sólo por referencias. Sus aires serranos, su ubicación, el hecho de su distancia relativamente corta y los buenos comentarios recogidos, contribuyeron en la decisión.
Una vez instalados, la impresión general era ésta: no nos equivocamos. Y más allá de las cuestiones estrictamente personales ligadas a las vacaciones (servicios, paisajes, cosas para hacer, etc), la clave de la puntería en la elección estuvo dada en lo que es Tandil como ciudad. Muy cierto es que al turista, muchas veces le resultan maravillosas las bondades de aquel sitio al cual llega por primera vez y permanece en él unos pocos días al año, reparando más en sus virtudes que en sus defectos. Pero en este caso, y tratando de hacer valer la objetividad, la agradable sorpresa de encontrar este destino, se basó en los algunos fundamentos.
Acostumbrados al «modo baires», fue difícil sacarse la paranoia. Así, por ejemplo, una moto que circulaba por la retaguardia, era instintivamente controlada por una mirada previsora: podrían-ser-motochorros. Una caminata por calles desiertas en horas de la noche, se hacía con la cuota de prejuicios inevitable: ahora-vienen-y-nos-roban. Para dormir, puertas y ventanas bien cerradas, y objetos de valor, lo mejor escondidos posible.
Por eso, poco después del arribo, fue placentero escuchar los comentarios de un remisero: «No, acá no se vive así. Yo soy de Tucumán capital, pero en Tandil no existe la inseguridad de las grandes ciudades».
Esos dichos fueron constatados, en parte, al combrobar que el auto del vecino estaba en la calle -sin ocupantes-, con la ventanilla abierta. O cuando al leer por primera vez la sección policial en las páginas locales, la noticia del día aludía a un robo a mano armada en un negocio, del cual sustrajeron dinero y una notebook. Algo casi insignificante, comparado al Buenos Aires de hoy… Días más tarde, se publicó que entraron robar a una casa cuyos habitantes habían salido de vacaciones. Al parecer, los ladrones tenían el dato. En nuestra ciudad, lamentablemente, tan cotidiano, que pasaría prácticamente desapercibido para la prensa.
Ni en el centro ni en otros barrios había «trapitos». Tampoco gente viviendo en condición de calle. Ni personas pidiendo dinero. El remisero había dicho que lo que aquí conocemos como villas, allá no existe: «El intendente las tiene alejadas, aunque de todos modos no son peligrosas. Está el ‘barrio de los paraguayos’, atrás de la Piedra Movediza, pero uno puede entrar y no pasa nada».
Con respecto a la droga, el conductor afirmaba que el paco no llegó: «Tandil tiene gente de muy buen poder adquisitivo y si hay drogas, son más caras», sentenció. Una «radiografía» superficial, que, sin pretender que fuera infalible, tenía cierto asidero. «Se está viniendo a vivir mucha gente, padres con hijos chicos, que buscan tranquilidad», completó el remisero.

En nuestra estadía, tomamos tres remises. Los otros dos -otra sorpresa, por la proporción-, eran manejados por señoras. «Somos bastantes porque si una mujer se queda sin empleo, como ha estado pasando, la toman en la empresa si tiene auto», explicó una de ellas, añadiendo que por el incremento de los remiseros, el trabajo está escaseando.
El mal estado de las calles es un tema que une a la localidad turística con nuestra Capital: «Las arreglan sólo en época de elecciones», opinó, ofuscada, la señora.
Pese a estar en temporada alta, en ninguno de los tres viajes hubo demora alguna: a menos de 5 minutos del llamado, el coche estaba en el lugar convenido. ¿Otro dato llamativo? «Si los papás deben llevar los nenes al colegio o a otro lado, los mandan en el remis, pero no viajan  ellos también. Saben que llegan bien…» Lo contó, el primer remisero.
Hasta que un buen día, a pensar en la vuelta. La semanita pasó volando y la despedida era un hecho. Desde luego, no faltó el planteo interno que tanto turista se formula previamente al regreso: ¿Y si nos venimos a vivir acá? Una vez superada la pasajera disyuntiva (nunca tomada demasiado en serio), abordar el micro y bajarse en Puente Saavedra unas cinco horas más tarde, fue como volver a poner los pies sobre la tierra. Gente que iba y venía, apurada, nerviosa… Otra vez a tomar con firmeza las pertenencias, a mirar hacia todos lados con «cuatro ojos»… Y la sensación de que la calidad de vida acababa de sufrir un abrupto descenso. De ahí en más, colectivo 168 en dirección al barrio. Su ruta… Chau descanso en las sierras.
Colegiales no será Tandil, pero es Colegiales. Que las vacaciones se disfrutaron, no caben dudas. Pero después de todo, qué lindo es siempre volver a casa…

(*) Director de Colegiales Info

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