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Perfil de un edificio en problemas

El siguiente texto fue escrito por un vecino de Colegiales, a propósito de un tema que preocupa a numerosos habitantes de edificios en los tiempos actuales: las empresas que se encargan de administrar los consorcios. El autor del texto, por razones personales, creyó conveniente que no se conociera la dirección de su edificio, así como tampoco sus datos ni el de los administradores que menciona, pues más allá de los nombres propios, el objetivo de esta nota es alertar a los consorcistas a través de una experiencia individual, pero que probablemente sea común a la que están padeciendo tantos ciudadanos.

Hace algunas semanas entré a un kiosco. El dueño, a quien prácticamente no conocía, y sin que hubiera existido una conversación previa, de la nada, me dijo algo así: «Los administradores roban porque los vecinos los dejan robar. No los controlan. Pareciera que no les importa porque les sobra la plata…»

El kiosquero quería desahogarse. Muy enojado, era como que hubiera estado pasando por una situación compleja en su casa o en la de un familiar.

Por el apuro que llevaba, no seguí la charla, aunque era para hacerlo, porque increíblemente, era una situación por la que estaba pasando yo mismo. Se los resumo así:

Vivo en un edificio antiguo. Durante casi diez años fue administrado por una empresa que no satisfizo las necesidades del consorcio. A su vez, la empresa anterior tampoco lo había hecho. El edificio se deterioró progresivamente sin que nadie lo detuviera. Los vecinos, como principales interesados, nada hacíamos por revertirlo, siendo con nuestra inacción los grandes responsables de este deterioro.

Hace dos años los problemas salieron a la luz, por un principio de incendio en el sótano, originado por la falta de mantenimiento eléctrico. Vinieron los bomberos y apagaron el fuego. No hubo grandes daños. La sacamos barata. En ese momento, tomamos conciencia del ruinoso estado del edificio. Se armó un grupo de whatsapp para tener una mayor comunicación y comenzar a encarar los trabajos pendientes. Y fuimos dándonos cuenta de que el eléctrico, era sólo uno de los problemas que teníamos como consecuencia de la desidia en la que habíamos caído.

La administración estaba compuesta por una señora y su asistente. Y si anteriormente a este incidente había disconformidad hacia su labor, luego, esto se potenció considerablemente. Los vecinos salimos del adormecimiento tratando de levantar el edificio, pero nunca encontramos en la administración la ayuda que esperábamos. La ineficiencia de los proveedores o las dificultades para comunicarse con la mujer eran solo una parte del problema. Y además, siempre estaban las sospechas: ¿ineficacia o deshonestidad? Con el aval de los consorcistas, las expensas se habían triplicado para afrontar esas obras que no podían esperar.

Hace un año nos cortaron el gas. La administración envió a su matriculado, y éste trabajó durante meses. Nunca se logró restablecer el servicio. Metrogas jugó un papel clave: venía un inspector y pedía un trabajo; cuando se cumplía, llegaba otro inspector y decía que había que hacer otra cosa; y así tres o cuatro veces.

Poco después renunció la administración. La tensión era insostenible. En cierta manera representó un alivio. Había que buscar reemplazante. Unos cuantos vecinos se movieron y luego de varias entrevistas, eligieron a otra profesional para desempeñar ese cargo.

Su primer desafío consistió en encarar la dificultad más grave, que no era la obra inconclusa del gas sino una filtración de agua en el sótano, algo que nunca había podido repararse y que podía acarrear serios trastornos de no mediar una rápida solución.  Unas semanas después de haber asumido, surgió un conflicto por las expensas, que nuevamente subieron, y a más del doble. Liquidaciones  poco claras incrementaron el malhumor general.

La gota que rebasó el vaso estaba por caer. La señora contrató a su plomero de confianza para realizar la obra del sótano. Lo hizo sin cotejar otros presupuestos ni consultar a los vecinos, que teníamos derecho a decidir o a saber de antemano cuál sería el precio del importante trabajo a desarrollar.

Varios días más tarde, con la obra ya avanzada, en un clima espeso se llevó a cabo la asamblea ordinaria y la señora informó las cifras. Cuando dijo que el arreglo saldría cerca de 800 mil pesos, la gente estalló, decidiendo que se paralizaran las refacciones hasta que no se demostrara con comprobantes, cómo se alcanzó semejante número.

Se sucedieron las reuniones. En una, se apersonó el plomero y comentó que bajaría el presupuesto casi a la mitad. Para no dejar todo a medio terminar el consorcio aceptó. Un mes más tarde, la administración presentaba su renuncia.

Hoy, seguimos con los mismos problemas. Con el edificio golpeado por el paso de los años y a la búsqueda de otra administración. Entiendo que una cosa cambió, que los vecinos al fin nos unimos -más allá de que diferencias siempre existirán- y nos dimos cuenta de que para prevenir cualquier abuso que pudiera acontecer, no hay otra alternativa que comprometerse, exigiendo cuentas claras y colocándonos detrás de cada decisión, sea tal o cual firma la que administre. Esto nos sirvió de lección. La gravedad de la situación se mantiene, pero confío en que a pesar de todo, estamos a tiempo de salir a flote.

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