Barrio Mío

Recuerdos barriales de principios del siglo pasado

Algunas semanas atrás comenzábamos a adentrarnos en la particular historia de un sector específico del barrio: la amplia franja de terreno a la que hoy podríamos identificar por estar localizada entre las calles Crámer, Virrey Arredondo, Álvarez Thomas y Zabala. Más de cien años atrás el área mencionada había servido para que se afincaran numerosos inmigrantes de una región del sur de Italia denominada La Calabria. Sólo apenas unas décadas más tarde, la presencia de aquellos calabreses fue raleándose. Sin embargo, su condición de antiguos vecinos y las anécdotas que protagonizaron, permanecieron en el recuerdo de los primitivos colegialenses, que se ocuparon de transmitirlas a las generaciones posteriores. Hoy, escasos vestigios quedaron. El barrio cambió completamente, la zona se ha vuelto residencial y los recuerdos de aquellos personajes tan particulares ya no abundan.
Uno de los prosistas que supo evocar el Colegiales de antaño fue Raúl Rivero Olazábal, un periodista del diario Crítica quien en las páginas del medio gráfico en el cual trabajaba, escribió en octubre de 1933: «Colegiales en los años de la ‘Guerra de 1914’ y posteriores, era un barrio poco y mal habitado. Era un lugar, sino bravo, como ha dado en decirse, que tenía sus momentos de mal humor, en los que podía suceder ‘una hombrada’ de la que hablaría el barrio por tres o cuatro días (…) La poca vigilancia en la ‘playa de cargas’ de la Estación Colegiales, dio origen a una industria y a un comercio entre las turbas de muchachos que vagabundeaban por los alrededores. Aprovechando las horas de la noche o un descuido de los peones, robaban grandes trozos de leña que llamaban ‘galletas’ y las vendían luego en las casas por unas monedas. Esas ‘filtraciones’ llegaron a ser tan grandes, que la empresa abrió los ojos y estableció mayor vigilancia. Algunos agentes del Escuadrón de Seguridad, recorrían las playas y calles vecinas. Entonces solían suceder persecuciones casi cinematográficas tras los ‘chorros de leña’. Cada dos o tres días, el barrio era alborotado por esas carreras desenfrenadas, las pitadas de auxilio, los gritos el tumulto y la caza final».
Este pintoresco relato publicado en Crítica hace 85 años, ha sido, a su vez, llevado a las páginas del libro del profesor Diego del Pino, Chacarita y Colegiales, Dos Barrios Porteños. Los tiempos cambiaron y como se ve, son también diferentes las formas de delinquir. Si bien todo acto de esta naturaleza es repudiable, comparado a la actualidad, resulta casi un juego de niños saber cómo se manejaban los ladrones barriales de principios del siglo pasado.

Foto: un tranvía atravesando el puente de Ciudad de la Paz, por sobre las vías del Ferrocarril Mitre.

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